Alan Gross: Castro's prisoner
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    Red social

    Red social
    Gracias al regalo recibido, el familiar de visita, llegado de Cuba,
    tiene ahora una nueva pregunta: “Y entonces, ¿qué se dice en las redes?”
    Alex Heny, Nueva York | 12/09/2016 12:38 pm

    De tanto ir y venir, ya la familia no necesita casi nada de los enseres
    básicos, mucho menos de los superfluos.
    Le regalamos entonces por su cumpleaños al suegro, hombre anti
    tecnología por crianza, indiferencia y simpleza, un teléfono celular: un
    Blu, desbloqueado, que se dice diseñado en Miami, fabricado en China,
    destinado al mercado latinoamericano, y que va a ser usado en lo
    adelante para breves conversaciones entre Cuba y Nueva York.
    Y resulta que, como si fuera poco el adelanto, este teléfono Blu (Bold
    Like Us, dice que significa el acrónimo) es uno de estos aparatos
    llamados “inteligentes”.
    Aún no tiene asignado un número —de eso se encargará ETECSA que, a
    cambio de moderada suma, le suministrará además un miserable plan de
    llamadas— pero el WiFi de nuestra casa ya le permite conectarse al mundo
    virtual cuya existencia, hasta ahora, mi suegro ignoraba.
    Es decir que, mucho antes de marcar su primer número en su flamante
    teléfono, el suegro ya puede navegar por Internet, hacer videollamadas
    por Skype, enviar/recibir mensajes, ver fotos de niños con cáncer,
    manipular aplicaciones tan inútiles como entretenidas, asombrarse de
    toda la irreverencia que hay más allá del NTV y el Granma. Ya inclina la
    cabeza hacia la pantalla esclavizante, como hacemos todos, hacia lo que
    ofrece la red: porno, noticias, deporte, política; el mundo ilustrado,
    explicado, a gritos y en colores; la libertad en la palma de la mano, el
    planeta bajo la yema del dedo.
    Facebook también, por supuesto.
    Inmediatamente después que el eficiente servicio de Amazon entregara el
    paquete en nuestra casa, mi esposa inició a mi suegro en la red social.
    Le creó una cuenta; le explicó, grosso modo, de qué se trataba el
    asunto. “La gente en comunicación, papá”, le dijo, “Gratis, rápido: ¡la
    modernidá!”, sonrió mientras mi suegro la miraba con velada perplejidá.
    Pero, contra todo pronóstico, el hombre se apropió ágilmente de la
    novedad; no en balde las redes sociales tienen diseños que apelan a la
    intuición. Está el suegro, entonces, en la red, y en Facebook.
    “Oye, esta gente está loca…”, me dice ayer, y me muestra un video que
    un sobrino ha colgado, video que evito mirar, y donde una mujer le
    propina garrotazos a otra que está postrada en una silla de ruedas. “Y
    ayer puso otro, mira, esta mujer, pegándole a un niño…”, añade y me
    mira, con expresión casi culpable, asombrado. “Esta gente está loca pa´
    la pinga…”, concluye, con un muy inusual exabrupto en un hombre que
    destaca por su decencia.
    La gente loca a la que se refiere no son solo los protagonistas de los
    videos: aunque no lo diga explícitamente, aunque no lo admita en voz
    alta, los locos son también sus recién adquiridos contactos virtuales:
    la familia y los amigos con los que se ha tratado toda la vida y a los
    que, en el mundo virtual, ahora apenas reconoce.
    Son la gente de toda la vida, que de repente parece preferir el morbo,
    la invocación religiosa, las cadenas de información falsa e insensata,
    los desastres de todo tipo, los clichés, los chistes de mal gusto, los
    memes más pedestres. “No escriben nada, solo ponen esas cosas…”, se
    asombra el suegro, y mira de nuevo a la pantalla, como dudando si esos
    nombres que ve en el pequeño rectángulo del teléfono, nombres tan
    familiares, sean realmente las personas que él conoce, y no unos impostores.
    ***
    Mi Facebook sintético me salva de buena parte de ese fenómeno. Vamos:
    puedo con total tranquilidad eliminar de mis contactos, sin que ello
    represente una ruptura familiar o una amistad quebrantada, a quien
    publique algo que no me agrade. Ya lo he hecho, y se siente como si se
    librara uno de un estreñimiento.
    Por otra parte, me doy el lujo de leer a personas interesantes, de hacer
    nuevas amistades, muchas de ellas ratificadas en el mundo exterior, y
    tan solo por ello valen la pena Facebook y mi duplicidad.
    Facebook, que en su sugerencia explícita de aceptar o no a alguien en
    nuestro entorno virtual, nos da la solución: a la familia uno no la
    escoge, pero a los amigos sí. De tal manera mi suegro, y la mayoría de
    las personas que conozco, están condenadas a seguir en la red social una
    versión gráfica de su vida cotidiana. Yo, privilegiado, instalado en el
    ser o no ser, me procuro voluntariamente un status de fantasía para que
    mi vida real, la otra, no sea tan cotidiana.
    ***
    Así es entonces que, gracias al regalo recibido, nuestro nuevo elemento
    en la rutina diaria, además de tomar café recién colado a las cuatro, o
    sentarnos a la sombra, en el patio, a repetirnos historias, es la
    pregunta, siempre esperanzada de buenas noticias, con la que me recibe
    el suegro en las tardes: “Y entonces, ¿qué se dice en las redes?”.
    Yo, pues le cuento; él, deslumbrado y triste, atrapado por la impericia
    en la navegación digital, me muestra en su Facebook videos de
    venezolanos asaltando supermercados vacíos, disidentes protestando en La
    Habana, y un meme que se burla de Raúl Castro.
    Nos va a extrañar el suegro cuando regrese a su vida habanera. Va a
    extrañar al nieto, sus tardes en el parque, y el café de las cuatro.
    También es posible que ahora, con más información, mire con otros ojos a
    sus amigos y familiares que tan extraño se comportan en el mundo
    virtual. Tal vez hasta intente deslumbrarlos, contándoles todas esas
    historias censuradas y nunca vistas en Cuba.
    Sin embargo, a fuerza de repetirlas, la indiferencia terminará por tomar
    por asalto al asombro. Condenado entonces otra vez a Granma y NTV, solo
    le quedará a mi suegro la nostalgia por la familia lejana, un teléfono
    ciego, y una nueva carencia: la red social.

    Source: Red social – Artículos – Cuba – Cuba Encuentro –
    www.cubaencuentro.com/cuba/articulos/red-social-326608