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    Cuántos cubanos leen?

    ¿Cuántos cubanos leen?
    JOSÉ PRATS SARIOL | Miami | 1 de Septiembre de 2016 – 09:48 CEST.

    Un artículo de Juan Cruz en el diario español El País apunta cifras
    escalofriantes acerca de los hábitos de lectura en España: 39,4% de
    españoles adultos no ha leído un libro en los últimos 12 meses. Añade
    que el 57,5 % no ha pisado una librería y el 74,7 % no ha ido a una
    biblioteca.

    Si en el país de habla hispana donde más se publica y donde mayor acceso
    gratuito a libros existe —con el nivel de vida de la Comunidad Europea a
    pesar de la crisis local— nada menos que cuatro de cada diez personas no
    ha abierto un libro desde 2014, ¿cuál será la cifra de cubanos dentro y
    fuera de nuestro archipiélago?

    Cuando se añade a la desbocada banalización globalizada los calamitosos
    problemas de la economía cotidiana en Cuba —de la comida baja en
    proteína al transporte para la biblioteca, del bombillo para leer a la
    precariedad y hacinamiento en una de cada dos viviendas—, supongo que ni
    el más desbocado de los triunfalistas del oficialismo —un Abel Prieto,
    por ejemplo— se atreva a decir que hay más lectores que en España.

    La lógica es inexorable: más de la mitad de los cubanos —siendo
    generosos— no ha abierto un libro. La pregunta —válida para cualquier
    país— es una obvia inferencia: ¿Y por cuántos años viene repitiéndose el
    fenómeno? Lo que da lugar a otra: ¿Qué porciento de la población tiene
    el hábito de leer?

    Los estudiosos del tema —aún antes de Robert Escarpit— coinciden en que
    el hábito se sitúa en un mínimo de una hora diaria de lectura, promedio
    semanal. Desde esa cota se establece el deslinde, hoy sin distinciones
    entre el soporte papel —que aún predomina, mucho más en Cuba— y el
    electrónico, que avanza indetenible por su precio, rapidez,
    interactuación, constante actualización y comodidad de almacenamiento;
    sobre todo entre los jóvenes, aunque el acceso a bibliografía
    actualizada vía internet todavía presente candados, sobre todo cuando se
    trata de temática de las llamadas Humanidades o Ciencias Sociales.

    Esa triste cifra —la mitad de los cubanos adultos no lee— parece que no
    cambiará en los próximos lustros. A las visiones rousseaunianas, que
    falsamente suponen un beatífico inmovilismo casero y rural dentro de
    Cuba que promueve la lectura como entretenimiento inevitable y forzado,
    se añade una pregunta que nunca el Ministerio de Educación se ha
    atrevido a responder objetivamente: ¿Cuántos maestros leen? Y su
    consecuencia, por muy buena actuación que se tenga en el aula: ¿Puede
    inculcarse un hábito que uno no tiene? ¿Con qué ánimo, entusiasmo, amor?
    ¿O es que los alumnos son bobos?

    La próxima generación de adultos está hipotecada en Cuba: en el 2030
    apenas uno de cada tres leerá; sin contar —me permito una rápida
    digresión— otras “bondades” derivadas de la mala educación social y de
    la improvisación de maestros; de los hábitos políticos de trancar la
    boca y aplaudir mirando para el cielo.

    A lo que se añade una oferta sectaria de libros, donde a la censura
    ideológica y política que mantiene el Partido Comunista (PCC) sobre lo
    que se publica, se une año tras año el incumplimiento —solo se cumplió
    el 30% en 2015— de los planes de edición y distribución del Instituto
    del Libro; incluyendo en la cacareada Feria, donde ya se venden tantas
    “artesanías” y emparedados de croqueta mística como libros.

    Con escasas ofertas novedosas y la mayoría poco atractivas, con precios
    cada vez más distantes del bolsillo común o sencillamente en CUC…,
    ¿quién se incorpora —sobre todo entre los estudiantes universitarios— al
    club de lectores? Nunca la lectura ha sido más elitista en Cuba, donde
    hay bibliotecas municipales —como la de Manzanillo— que llevan años
    clamando porque les entre un lote nuevo, arreglen las sillas, cojan las
    goteras, tengan acceso libre a internet.

    Aquella lejana época real de la revolución —entre 1959 y alrededor de
    1968 o 1970— quizás fue la de más lectores en la historia de Cuba. La
    Imprenta Nacional dirigida por Alejo Carpentier, Ediciones R, la
    importación y venta barata de libros españoles, la densa red de
    bibliotecas y librerías, la gratuidad de la educación y la de adultos
    bajo los axiomas pedagógicos de la educación continua y la lectura como
    su centro…, parecen avalar la hipótesis. De ahí que el contraste con
    la actualidad sea más lastimoso. Y genere tanta pena la indigencia
    material y tanta rabia la represión. Una represión que lleva a censurar,
    no solo a escritores cubanos con textos disidentes aunque hayan
    fallecido como Guillermo Cabrera Infante; sino de otras lenguas: Milan
    Kundera, Vasili Grossman…

    ¿Y el hábito de lectura dentro de los cubanos del exilio? No parece que
    ninguno de nosotros haya llegado de otra galaxia sino del mismo caldero
    “revolucionario”. Así que sobre todo los más recientes arribos padecen
    los mismos defectos. A lo que se suma la multiplicación de opciones y
    diversiones, la mayoría tan triviales como seductoras. Además, niños y
    jóvenes cuya lengua materna es el español aquí en EEUU pronto leen y
    escriben solo en inglés, por lo que las estadísticas son otras, aunque
    no —por complejas razones— demasiado distantes.

    Entonces, ¿cuántos cubanos leen? ¡Pocos! Me atrevería a afirmar que el
    porciento no sería ni la mitad del español. Si la revolución hace rato
    que se fue a bolina, con ella también se fue la lectura como afición
    compartida, normalmente mayoritaria. Y nada de elogio o refugio en el
    pasado —hábito de nonagenarios mentales a lo Castro Ruz—, porque ni la
    saturación mediática de entretenimientos para tontos ni los disparates
    impuestos por pedagogos pragmáticos en programas de estudio y textos
    escolares impiden que nos enfrentemos a la crisis que trata de
    arrinconar la forma más hermosa y eficaz de alimentar la inteligencia y
    la sensibilidad.

    Porque lo cierto —revuélquense los catastrofistas— es que hoy se lee más
    en el mundo que nunca antes en la historia de la humanidad, lo que no
    impide reconocer crisis, retrocesos, errores… Y aunque a los proyectos
    para aumentar la cantidad y el porciento sea sensato añadir: ¿Qué leen
    los que leen?

    Ahí lo dejo. Porque a veces —me consta— hasta sería preferible no saber
    leer.

    Source: ¿Cuántos cubanos leen? | Diario de Cuba –
    www.diariodecuba.com/cuba/1472716108_24948.html