Alan Gross: Castro's prisoner
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    El espionaje de EEUU en Cuba – un laberinto de intrigas y sospechas

    El espionaje de EEUU en Cuba: un laberinto de intrigas y sospechas
    GLENN GARVIN, JUAN O. TAMAYO Y PATRICIA MAZZEI GGARVIN@MIAMIHERALD.COM
    01/01/2015 10:34 PM 01/02/2015 10:34 AM

    Han pasado más de dos semanas desde que la Casa Blanca anunció que
    canjearía tres agentes de inteligencia cubanos encarcelados –entre ellos
    uno hallado culpable de conspiración para asesinar– por un superespía
    preso en una cárcel de La Habana a quien el presidente Barack Obama
    llamó “uno de los más importantes agentes de inteligencia que Estados
    Unidos ha tenido jamás en Cuba”.

    Sin embargo, desde el jubiloso anuncio del Presidente, solo ha habido
    silencio. No se ha dicho nada más del espía ni de los logros que
    alcanzó. Todos los que fueron liberados de la prisión como parte del
    acuerdo entre Washington y La Habana –los tres espías cubanos y el
    subcontratista de la Agencia de Desarrollo Internacional Alan Gross– han
    aparecido en televisión para hablar de forma exultante sobre su liberación.

    Sin embargo, el extraordinario espía de Washington ha permanecido
    anónimo e incomunicado. El único hombre que parece encajar con el puñado
    de datos que dio la Casa Blanca acerca de la identitidad del espía
    –Rolando Sarraff, ex teniente del Ministerio del Interior de Cuba,
    encarcelado desde su arresto en 1995– desapareció de la prisión habanera
    donde estaba, y sus familiares no han escuchado nada de él ni se les ha
    dicho cuál es su paradero.

    El gobierno de Obama no ha confirmado el nombre de Sarraff, y mucho
    menos por qué podría estar sin localizar.

    No obstante, un hombre que afirma haber formado parte de la red de
    espías de Sarraff especula que existe una buena razón para la
    desaparición de Sarraff: que Sarraff era un falso espía, que le dio a la
    Agencia Central de Inteligencia (CIA) información falsa o de poca
    importancia como parte de un plan de Cuba para perturbar a la
    inteligencia norteamericana.

    “Actuaba por órdenes de Fidel Castro”, afirma Bill Gaede, ingeniero
    argentino que dice haberle dado información a la CIA de Sarraff y otros
    agentes cubanos de inteligencia. “No eran genuinos. Estaban llenos de caca”.

    Todavía más, señala Gaede, la CIA y el Buró Federal de Información (FBI)
    sospecharon que Sarraff era un espía falso –un “colgado”, en la jerga de
    la inteligencia– desde el principio, y nunca creyeron nada de lo que
    informó el grupo de espías. Funcionarios norteamericanos lo llaman un
    valioso agente ahora solamente para que el canje entre Gross y los
    espías cubanos sea más apetitoso y digerible para los conservadores. “No
    es otra cosa que relaciones públicas”, dice Gaede.

    De cualquier modo, la afirmación de Gaede es vehementemente impugnada
    por otro miembro de la red de espías, José Cohen, también ex teniente
    del Ministerio del Interior, que desertó de Cuba en 1994. “Bill Gaede no
    es una fuente [creíble]. Era un enemigo de Estados Unidos. Está al
    servicio de Cuba”, dice Cohen, que en la actualidad vive en el suroeste
    de Miami-Dade, donde trabaja como exitoso vendedor de Amway.

    “A mi me parece que Bill lo que anda buscando es publicidad…. Se burla
    de la prensa, se burla del gobierno.”

    La acalorada guerra de palabras entre Gaede y Cohen es un ejemplo
    notable –y que confunde– del por qué el negocio de la inteligencia a
    menudo se llama el laberinto de espejos, donde separar la realidad de la
    ilusión es difícil y a veces imposible. No importa qué angulo se
    examine, se trata de un cuento lleno de grietas y contradicciones.

    Un oficial de contrainteligencia del gobierno con quien el Miami Herald
    habló en el 2009, cuando los rumores sobre las circunstancias de la
    salida de Cohen de Cuba comenzaron a circular, lo presentó como un
    desertor confiable que le dio importante información. Y un oficial
    retirado de la CIA que fue localizado la semana pasada confirmó que, en
    efecto, la agencia lo considera legítimo.

    Sin embargo, Gaede ha hecho secretamente cintas de audio y video en las
    cuales agentes del FBI dicen justamente lo contrario. Y el simple hecho
    de que el FBI se interesaba en Cohen sugiere que por lo menos algunos
    oficiales norteamericanos sospechaban de él. El FBI no es un buen lugar
    para los desertores, sino la agencia que trata de evitar que los espías
    extranjeros roben secretos estadounidenses.

    Lo que es relativamente cierto es esto: Gaede, Cohen y Sarraff
    trabajaron juntos a mediados de los años 90, pasándole información
    secreta de la inteligencia cubana en La Habana al FBI y a la CIA.
    Después, la red de espías se disolvió. Cohen escapó de Cuba; Sarraff fue
    encarcelado allí; y Gaede pasó a vivir otras aventuras en el campo de
    espionaje, cumpliendo tres años de cárcel y siendo deportado tras haber
    sido capturado por venderle tecnología de microchips robada a los
    gobiernos de Irán y China.

    Lo que se disputa acaloradamente es exactamente qué secretos los tres
    hombres le dieron a la inteligencia norteamericana, cuán valiosa era la
    información, y si Washington pensaba que eran genuina o una provocación
    castrista.

    El personaje más desconcertante y parádojico en el estudio es Gaede,
    reconocido como una personalidad brillante hasta por sus enemigos y
    desleal hasta consigo mismo. “Mi vida ha sido, digamos, bastante
    interesante”, dice en una conversación telefónica desde Alemania, donde
    vive exilado de su natal Argentina y del país que lo adoptó, Estados Unidos.

    Autodescrito en determinada ocasión como un “comunista fanático”,
    durante seis años Gaede le dio a los agentes cubanos de inteligencia
    “maleteros repletos” de secretos de la compañía americana donde
    trabajaba, AMD, que fabricaba chips para computadoras, por un estimado
    de unos $1,000 millones.

    Después de desilusionarse de la revolución cubana, Gaede pasó los
    siguientes dos años trabajando contra el regimen de Castro, pasando sus
    secretos al FBI y a la CIA. Por último, al pensar que había sido
    traicionado por todo el mundo, Gaede se convirtió en un tipo
    completamente solitario y renegado, y le vendió los planes del entonces
    sofisticado microchip de Intel Pentium a Irán y China.

    “No recibí tanto dinero como se podría pensar”, dice Gaede, casi como si
    pidiera disculpas. “Solamente fueron unos $15,000”.

    Gaede llegó a Estados Unidos en 1977 como turista, huyendo del golpe
    militar de derecha que acababa de tener lugar en Argentina. De ojos
    azules, rubio y hablando inglés con un acento americano que aprendió
    durante su infancia en Illinois, donde su padre trabajaba para
    Coca-Cola, adquirió fácilmente documentos falsos que le permitieron
    quedarse en el país cuando su visa expiró.

    En 1986, luego de hacer contactos encubiertos con diplomáticos cubanos
    en Argentina, Gaede empezó su carrera en el espionaje industrial,
    conduciendo automóviles llenos de secretos de computadora a través de la
    frontera con México desde su casa en Texas y entregándoselos a oficiales
    de la inteligencia cubana.

    “Les entregué de todo”, dice. “Cualquier cosa que se pueda pensar: desde
    cómo construir circuitos integrados hasta todo lo que se necesitaba para
    hacerlo. A veces, el baúl del carro estaba tan atiborrado que las cosas
    casi no cabían”.

    Los cubanos, quienes no sólo construyeron sus propios chips sino que
    pasaron la información al resto del bloque soviético, estaban tan
    satisfechos con el material que organizaron que Gaede y su esposa
    colombiana, Nila, visitaran la isla. Viajaron en diciembre de 1992,
    utilizando varios juegos de pasaportes falsos y una ruta para despistar
    que lo llevó de España a Austria, Checoslovaquia y Canadá y por último a
    Cuba. Cuando llegaron, se les asignó un teniente de la división
    industrial y científica del Ministerio del Interior como guía: José Cohen.

    Cuál de los dos hombres fue el que sugirió primero que el comunismo
    cubano no era lo que creía, no se sabe con certeza, depende con cuál de
    los dos se hable. Según Gaede, inspirado por las reformas que hacía en
    la Unión Soviética el líder Mijail Gorbachov, ya él se había
    decepcionado del marxismo.

    “Me acuerdo que Cohen me preguntó con mucho orgullo, que si pensaba que
    La Habana era una ciudad limpia y linda. Y le dije que en un país donde
    no se fabricaban barritas de chocolate, se suponía que no se pudieran
    encontrar botadas en la calle las envolturas”, dice Gaede. “Yo pensaba
    cómo c… me había enredado en todo. El pueblo se muere de hambre y Fidel
    vive como un rey”.

    Cohen recuerda exactamente lo contrario. “El pensaba que estaba
    sirviendo a un pueblo sufrido. Todo eso es mentira”.

    Cohen afirma que llevó a Gaede a recorrer las partes miserables de La
    Habana, mostrándole cuadras y cuadras de edificios que se caían a
    pedazos, rodeados por legiones de prostitutas.

    Quienquiera que haya subvertido a quién, lo cierto es que los dos se
    hicieron amigos. Y cuando Gaede volvió a Cuba seis meses después,
    llegaron a un acuerdo. Cohen y otros oficiales del Ministerio del
    Interior le darían secretos de inteligencia cubana a Gaede, que a su vez
    se los pasaría a la CIA.

    Está en disputa quién formaba en realidad parte del grupo. Gaede dice
    que éste incluía al antiguo compañero de Cohen en la escuela secundaria
    Rolando Sarraf, un experto en grabaciones de audio del Ministerio del
    Interior, y su esposa cubana, una matemática del Ministerio del Interior
    (Las agencias de inteligencia contratan a menudo matemáticos como
    criptógrafos, creadores y descifradores de códigos, que usualmente son
    matemáticamente basados). Gaede dice que conoció a ambos cuando el grupo
    reunía su paquete de secretos. Cohen asegura rotundamente que ni su
    entonces mujer, ni Sarraff participaron.

    El primer lote de información se dividió entre lo que Gaede llama una
    lista A y una lista B. “Cohen me dijo, denles de inmiediato la lista A.
    Pero sólo si ellos están de acuerdo en trabajar con nosotros sobre una
    base regular, tendrán la lista B”, recuerda Gaede.

    Entre los secretos en las dos listas estaban, según Gaede, los nombres
    de varios espías y colaboradores cubanos, incluyendo un bien conocido
    exiliado cubano en Miami, un profesor de la Universidad de Wisconsin, la
    esposa argentina de un ejecutivo de la IBM y el empleado de una compañía
    telefónica en Nueva York,

    También estaban los nombres de varios agentes de la inteligencia cubana
    destacados en el extranjero, los números modelo de tres máquinas
    cifradoras fabricadas en EEUU que los descifradores cubanos habían
    penetrado y una descripción de un programa cubano de computación que
    busca información sobre los antecedentes de los visitantes extranjeros.

    Cohen confirma que compartió secretos con Gaude, pero no discutió el
    contenido, excepto para decir que los nombres en la lista pueden haber
    sido personas que la inteligencia cubana intentaba reclutar como espías
    en vez de agentes confirmados.

    “Yo le di información a Bill Gaede”, dijo Cohen. “Eso no es mentira. Eso
    es verdad. Yo no sé lo que él hizo con esa información”.

    Lo que Gaede dice que hizo fue llevarla a la sede de la CIA en Langley,
    Virginia, donde descubrió que solicitar un trabajo como espía no esta
    tan fácil como pensaba.

    “Renté un auto, manejé hasta las instalaciones y dije: “Me gustaría
    hablar con un agente de casos”, recuerda Gaede. “Me despidieron de
    inmediato. Me mantuve llamándolos y, finalmente, nos reunimos a eso de
    las 10 p.m., fuera del edificio principal. Esta dama salió, le dije todo
    y ella manifestó: ‘Estaremos en contacto’. Pensé que había fallado y que
    más nunca oiría de ellos”.

    Pero oyó, de cierta forma. Unos 45 días después, Gaede recibió una
    llamada del FBI. Dos agentes vinieron a su casa, sin saber que Gaede la
    había llenado de cámaras y grabadoras ocultas.

    El hecho de que fuera el FBI el que regresara a él en vez de la CIA,
    digamos ex agentes de la inteligencia de EEUU sin conocimiento del caso,
    sugiere que los estadounidenses consideraban a Gaede y a sus amigos
    cubanos como impostores – el FBI es una organización del cumplimiento de
    la ley a cargo de atrapar espías extranjeros, no una agencia de
    inteligencia que lleva a cabo espionaje en el extranjero.

    Y en largas conversaciones durante tres días, los agentes dejaron claro
    que estaban escépticos sobre los amigos cubanos de Gaede. Su
    escepticismo sólo creció cuando Gaede presentó una lista de equipos que
    los cubanos querían que les suministrara la CIA, como una computadora,
    un radio de onda corta y códigos –cosas todas que le darían a la
    inteligencia cubana un valiosa información sobre las operaciones de la CIA.

    Gaede se asustó tanto de la visita del FBI que se escondió por varios
    meses en Europa. Cuando regresó en marzo de 1993, envió a su esposa sola
    a Cuba para recolectar otro grupo de secretos. Gaede le dio a ella un
    mensaje para entregar a Cohen: “Ellos no nos creen. Tienen que enviarles
    algo mejor”.

    Pero los agentes del FBI –a los que se unieron en esta ocasión dos
    agentes de la CIA, quienes dijeron poco pero dejaron en claro que
    compartían el escepticismo del FBI– no quedaron más impresionados con el
    segundo envío, que consistía más en cartas de agentes del Ministerio del
    Interior que expresaban más su sinceridad, que en secretos.

    “Hay ciertas formas, ciertos procedimientos, ciertos protocolos, que un
    genuino agente de inteligencia sigue cuando desea defeccionar y estos
    tipos saben eso”, dijo uno de los agentes del FBI. “¿Por que no envían
    algo valioso, como una tarjeta cifrada [una clave de los códigos cubanos
    de inteligencia]? Ellos están en el corazón del Ministerio del Interior,
    ellos valen más que un general porque están en los detalles día a día
    que son importantes para nosotros, y ellos no envían nada importante
    para presentar su caso. Ellos nos envían ‘cartas de amor’, basura
    filosófica. Alguna de la información es buena, pero sólo levanta más
    sospechas. Es como si Fidel Castro nos estuviera tendiendo una trampa”.

    “La CIA y el FBI creyeron que todo esto lo administraba Fidel Castro”,
    dice Gaede. “Y, cuando terminaron de hablar conmigo, estuve de acuerdo”.

    El FBI, al tratar evidentemente de construir un caso criminal, dijo a
    Gaede que se mantuviera en contacto con Cohen. Los agentes intervinieron
    el teléfono de Gaede y le dieron un apartado postal que podía decirle a
    Cohen que era seguro. Y durante el próximo año, Gaede dijo que lo
    contactaron varias veces amigos y parientes de agentes del Ministerio de
    Interior, quienes le ofrecieron secretos nuevos de menor valor.

    “Finalmente, todo fue desvaneciéndose”, dijo Gaede. Al sentirse
    hostigado por el FBI y traicionado por Cohen, Gaede desapareció de
    nuevo, en esta ocasión en Argentina, donde vendió secretos a Irán y
    China robados a su último empleador, Intel, incluyendo el diseño de su
    nuevo chip de computadora Pentium. La inteligencia de Argentina lo vio
    saliendo un día en 1994 de la embajada iraní en Buenos Aires, lo arrestó
    y se lo entregó a la CIA para que lo interrogaran. Pronto quedó expuesta
    su vida secreta.

    Mientras tanto, Cohen huyó en 1994 de La Habana –en una balsa, no como
    parte de una operación de extracción de la CIA, como se informó en
    algunas versiones fragmentarias de su escape, dijo. “Ojalá hubiera sido
    una operación”, manifestó. “Porque a mí si me atrapan en el mar, me matan”.

    Cohen dice poco sobre los detalles de esa fuga, aunque agrega que lo
    acompañó otro agente de la inteligencia cubana al que nunca se le ha
    identificado públicamente y, según presume, vive bajo una identidad
    asumida con la ayuda del gobierno de EEUU.

    Cohen agrega que su defección llevó al gobierno cubano a desmantelar su
    antiguo departamento del Ministerio del Interior y a arrestar a su amigo
    Sarraf –quizás por la sospecha de que él también planeaba desertar, o
    quizás como una venganza mezquina.

    “A mí me parece que el gobierno cubano dijo: ‘No era solo [Cohen]. Esto
    era una conspiración’”, manifestó Cohen. “Querían dar una lección.
    ‘Tenemos que atrapar a alguien’”.

    Cohen admite cierto asombro por la desaparición de Sarraf. “La CIA me
    entrevistó, pero hablé con mis padres”, destaca sobre su propia llegada
    a EEUU. Pero agrega que todos los casos son diferentes.

    De lo que está absolutamente seguro es que Bill Gaede es un mentiroso
    malintencionado.

    “El ha dicho por ejemplo, que yo era doble agente. Si todo eso fuera
    así, yo no estuviera en este país, libre, viviendo durante 20 años en
    este país. Por eso lo que dice Bill Gaede no tiene credibilidad. El que
    conoce la información que yo entregué es el FBI o la CIA”.

    La redactora de El Nuevo Herald Nora Gámez Torres contribuyó a este
    reportaje.

    Source: El espionaje de EEUU en Cuba: un laberinto de intrigas y
    sospechas | El Nuevo Herald –
    http://www.elnuevoherald.com/noticias/estados-unidos/article5317071.html