Alan Gross: Castro's prisoner
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    El primer paso de una marcha incierta

    El primer paso de una marcha incierta
    JUAN ANTONIO BLANCO | Miami | 19 Dic 2014 – 9:23 am.

    Cualquier cambio democratizador a los que pueda aspirar la Casa Blanca
    requerirá de la adhesión de Cuba a los instrumentos internacionales de
    derechos humanos, así como de serias reformas legislativas y a la
    Constitución.

    Finalmente ocurre algo que reanima el interés noticioso por Cuba. No ha
    sido la muerte de Fidel Castro, sino el anuncio de que Washington y La
    Habana tras 18 meses de conversaciones en territorio canadiense y con el
    apoyo del Papa Francisco encontraron una fórmula para liberar a Alan P.
    Gross. Ello ha permitido a la Casa Blanca descongelar la ofensiva de paz
    que Obama quiso lanzar en 2009 —cuando los demócratas controlaban las
    dos cámaras del Congreso— y quedó detenida junto al propio Gross.

    La fórmula empleada para desbloquear la iniciativa hacia Cuba ha sido la
    de liberar en La Habana a un importante agente de la CIA y a algunas
    decenas de activistas pro democracia, a cambio de los tres agentes de
    inteligencia sentenciados a largas penas en EEUU. Estos tres agentes
    eran parte de una red de más de 15 oficiales inteligencia cubanos, la
    mayor parte de los cuales prefirió colaborar con la investigación,
    recibieron penas menores y gozan de libertad en EEUU bajo otra
    identidad. De los cinco que siguieron la instrucción de sus superiores
    de no colaborar ya había dos en libertad y tres seguían presos. Fueron
    condenados, entre otras razones, por espiar bases militares del Comando
    Sur, trazar mapas de la costa estadounidense para ser usados en posibles
    infiltraciones o exfiltraciones, incorporarse a grupos políticos
    exiliados para vigilarlos y dividirlos, y por dar a las Fuerzas Armadas
    (FAR) las coordenadas de la ruta de vuelo el 24 de febrero de 1996 de
    cuatro avionetas civiles y desarmadas de la organización Hermanos al
    Rescate. Los aviones MiGs del Gobierno cubano las esperaron y abatieron
    dos de ellas a cohetazos en aguas internacionales causando la muerte a
    sus tripulantes.

    Al juicio de esta red de espionaje (“Avispa”), que duró seis meses en
    Miami, asistieron desde Cuba testigos aportados por el abogado defensor,
    y no hubo ninguna persona de origen cubano en el jurado. Posteriormente
    los abogados contratados por La Habana recorrieron todo los circuitos de
    apelaciones, llegaron incluso a la Corte Suprema, y no obtuvieron su
    libertad. Era obvio —o llegó a serlo— que las campañas políticas
    internacionales en favor de su liberación no lograrían mucho y por lo
    tanto solo quedaba el camino de la negociación. En diciembre de 2009
    —después de varios años de campañas inútiles exigiendo la liberación de
    los llamados “Cinco Héroes”— el Gobierno cubano decidió tomar de rehén
    al contratista Alan Gross, acusarlo de espionaje y sentenciarlo a penas
    similares a las de los espías cubanos presos. Parecía ser una opción
    para facilitar un canje. Pero no era factible canjear a un civil —que
    distribuía gratuitamente laptops, routers y teléfonos satelitales de
    fácil adquisición— por militares infiltrados con identidades falsas, que
    usaban sistemas de comunicación codificados y recibían instrucciones de
    sus superiores en un servicio de espionaje extranjero. Lo que también
    lograba deliberadamente la Habana era detener en seco la ofensiva de
    distensión iniciada por Obama.

    El presidente de EEUU ha querido ahora aprovechar la liberación
    supuestamente unilateral de Alan Gross “por razones humanitarias” (se
    decía que corría el riesgo real de que muriese en poco tiempo) para
    adoptar simultáneamente —como concesiones unilaterales a la Isla— lo que
    quizás habría negociado con más calma en 2009.

    Dos preguntas saltan enseguida. ¿Por qué lo hace? ¿Obtendrá resultados?
    Para responder la primera es más fructífero echar respetuosamente a un
    lado las consideraciones ideológicas de sus adversarios políticos más
    viscerales (“es un cobarde”, “simpatiza con los Castro”, etc.). Quien
    ordenó dar muerte a Bin Laden, a menos de un kilómetro de un cuartel,
    invadiendo el territorio de Pakistán, difícilmente pueda ser juzgado por
    vacilante. Por otro lado, suponerlo un “rojillo de closet” para
    explicarnos esta última decisión es una excusa intelectual para no
    profundizar en las razones que —acertada o equivocadamente— lo
    condujeron a su anuncio este 17 de diciembre de 2014.

    Algunas de las razones argüidas por Obama resultan debatibles. Decir que
    la política de aislamiento no ha funcionado es una verdad a medias. La
    del llamado “compromiso constructivo” canadiense, latinoamericano y
    europeo tampoco. Afirmar que es mala política promover el caos está muy
    bien, si se completase la frase diciendo que el actual caos económico,
    que agobia a la población, genera tensión social e incrementa las tasas
    migratorias, tiene su causa principal en las políticas domésticas del
    Gobierno cubano. Lo que empuja a la Isla hacia un Estado fallido no son
    las sanciones estadounidenses sino la anomia institucional de un régimen
    de gobernabilidad inepto y obsoleto.

    Ofrecer ventajas financieras y comerciales al sector privado emergente
    estaría muy bien, pero el Gobierno cubano tendría que diseñar un
    entramado legal doméstico que las facilite. Mientras, la entrada de
    recursos crediticios a las instituciones estatales solo traerá como
    resultado fortalecerlas, sin que siquiera luego se paguen esas deudas
    (como no se han pagado otras) y terminan siendo absorbidas por
    bancarrotas que cubren los contribuyentes fiscales de los países acreedores.

    Premiar la participación de Cuba en la lucha contra el ébola y por ser
    anfitrión de las conversaciones de paz con las FARC sacándola de la
    lista de países asociados al terrorismo, pudiera ser una buena
    intención. Aunque habrá que esperar a ver si ello incentiva realmente a
    la elite de poder cubana a romper su colaboración militar y de
    inteligencia con países como Corea del Norte (que acaba de lanzar un
    ciberataque contra la Sony) o Irán.

    Admitir al Gobierno cubano con cualquier status que no sea de observador
    en la próxima Cumbre de las Américas más que una concesión a La Habana
    —que no ha suscrito la Convención Americana de DDHH ni la Carta
    Democrática al igual que el resto de los miembros— es un golpe al
    compromiso regional con el sistema de protección de derechos humanos
    hemisféricos. Hace años se espera que ratifique el Pacto de Derechos
    Civiles y Políticos, el de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y
    el Protocolo del Pacto contra la Tortura y tampoco lo ha hecho. La
    brutalidad policíaca y paramilitar contra disidentes y opositores no
    amaina. Las antenas de satélite siguen prohibidas, el internet
    inalcanzable, la prensa independiente, organizaciones autónomas y
    partidos alternativos proscritos.

    ¿Que podría temer Washington para hacer concesiones unilaterales a la
    carrera? ¿Qué en la nueva versión de la guerra fría con Rusia La Habana
    ofrezca acomodar nuevamente facilidades logísticas a sus submarinos,
    flota y aviones de combate? ¿Que la incompetencia gubernamental del
    Gobierno cubano provoque un nuevo éxodo hacia EEUU? ¿Que el ALBA llame a
    un boicot contra la próxima Cumbre de las Américas, institución que nada
    ofrece ya a sus participantes como muchas otras que se han tornado
    obsoletas en el nuevo contexto global?

    ¿Qué creía Obama que haría Raúl Castro ante tantas concesiones
    unilaterales?¿Saltar de alegría y dar por concluido el conflicto y
    asegurada la normalización de relaciones bilaterales? Ni el conflicto
    ha concluido ni las relaciones se han normalizado. En su breve
    alocución, vestido de traje militar y charreteras, ya Castro aclaró que
    ese no es el caso. Falta mucho por andar. En eso es fácil coincidir con
    el General Presidente.

    Pero la elite de poder cubana tiene mucho que celebrar. Sigue ganando la
    batalla de las percepciones.

    De nuevo tiene una evidencia de que la política de intransigencia logra
    concesiones unilaterales del enemigo. Y tiene un nuevo argumento que
    vender a su entorno tecnocrático y a la población —ambos ya exasperados
    por la lentitud e ineficiencia de las reformas—, para apaciguar su
    impaciencia: tengan calma, la cosa va a mejorar mucho ahora con los
    turistas americanos y los nuevos créditos. Seguiremos el camino sin
    pausa pero sin prisa.

    Cualquier cambio democratizador a los que pueda aspirar la Casa Blanca
    requerirá de la adhesión de Cuba a los instrumentos internacionales de
    derechos humanos, así como de serias reformas legislativas y a la
    Constitución para alinearlas con aquellos. Y eso lleva tiempo, el
    suficiente para la desaparición física de los Castro. Mientras tanto
    ellos podrán asegurar a todos que la Historia les dio la razón. Se
    confirmará así nuevamente lo que un destacado intelectual cubano, Rafael
    Rojas, definió como una notable cualidad nacional: practicar eficazmente
    “el arte de la espera”.

    Source: El primer paso de una marcha incierta | Diario de Cuba –
    http://www.diariodecuba.com/cuba/1418900469_11888.html