Alan Gross: Castro's prisoner
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    “The New York Times” y los médicos cubanos

    “The New York Times” y los médicos cubanos
    En su último editorial The New York Times recurre a una fuente que no
    menciona: las “Reflexiones” de Fidel Castro
    Alejandro Armengol, Miami | 18/11/2014 11:54 am

    Si una clase profesional ha sido hostigada en Cuba a partir de 1959 es
    la de los médicos. Estos han tenido que sufrir las órdenes y hasta los
    caprichos de un poder que siempre los ha considerado uno de sus recursos
    más valiosos.
    Hasta en la conversación más simple sobre el tema sale a relucir el
    hecho de que el estudio de la carrera de Medicina en la Isla es
    gratuita, mientras en Estados Unidos cuesta miles y miles de dólares.
    Pero el régimen nunca necesitó de ese pretexto para retener a los
    facultativos. En la primera y segunda década tras la llegada de Fidel
    Castro al poder los médicos que solicitaba la salida del país eran
    “castigados”, rebajados de categoría, enviados a lugares remotos e
    impedidos de partir durante años, con independencia de dónde y cómo
    había obtenido sus títulos, que por supuesto por aquel entonces no eran
    resultado de los “logros de la revolución”.
    A estos “castigos” se agregó luego otro aún peor: el retener los
    familiares —en particular los hijos pequeños— de los médicos cubanos que
    “desertaban” en el exterior, luego de ser enviados a ejercer su
    profesión en otros países. De hecho, el lenguaje establecido en estos
    casos por el gobierno cubano —y adoptado incluso en cierta medida por
    las agencias de prensa internacionales— establecía una connotación
    militar, guerrera a la labor: “misión”, “contingente”, “desertores”.
    Todo ello tenía el objetivo de enfatizar el carácter bélico con que
    siempre Fidel Castro concibió esos planes: una filosofía de guerra por
    otros medios, pacíficos e incluso humanitarios, que no por ello dejaba
    de fundamentar un expansionismo político e ideológico. Cuando las
    circunstancias impusieron el repliegue ideológico, pero no político, los
    fines se transformaron en diplomáticos y económicos.
    Es por ello que la emigración de los médicos cubanos ha sido por décadas
    un tema recurrente en el conflicto entre Washington y La Habana. Por una
    parte el gobierno cubano niega o demora por años la salida de los
    facultativos, así como retiene a sus familiares si éstos desertan en
    terceros países. Por la otra, durante la administración de George W.
    Bush se decidió otorgar un parole a cualquier médico que se encuentra en
    una misión gubernamental en un tercer país y tome la decisión de
    desertar, así como el dar visado a los familiares del profesional.
    Ambas actitudes han mantenido un carácter marcadamente político, que ha
    contribuido al aumento de las tensiones entre amos países. En este
    aspecto estaría la razón de ser del último editorial del diario The New
    York Times, que critica las alegadas facilidades que ofrece EEUU a los
    profesionales de la salud cubanos para que abandonen la Isla y pidió el
    fin de esa política “incoherente”.
    El editorial, al igual que los anteriores publicado en inglés y español,
    forma parte de una serie que desde hace semanas el influyente diario de
    dedica a las relaciones entre Washington y La Habana.
    Uno puede estar o no de acuerdo con el juego político que ha provocado
    estas situaciones y argumentar sobre las decisiones tomadas tantos por
    ambos Estados como por los médicos protagonistas de tantas historias. Lo
    que resulta muy difícil es admitir es que alguien se coloque de parte de
    los verdugos. Y eso es precisamente lo que ha hecho el diario
    estadounidense.
    No estamos en la Edad Media, el gobierno cubano tiene un concepto feudal
    en muchas de sus decisiones, tanto en su concepción del tiempo como en
    los recursos a que echa mano en muchas de sus disputas. Utilizar a niños
    como rehenes es inadmisible. La Habana lo ha hecho y continúa haciendo.
    Y pese a los cambios migratorios puestos en práctica, aún el régimen se
    otorga el derecho de decidir quien sale y quien se queda en Cuba. Es
    más, considera dicho derecho una potestad indiscutible.
    Puede especularse sobre las razones de The New York Times para publicar
    esta serie editorial, se puede incluso compartir algunos criterios de
    otros anteriores, pero en esta ocasión el periódico ha producido una
    pieza no solo absolutamente parcializada sino incluso torpe y pedestre,
    que al tiempo que amplía el tipo de tergiversación que ya había mostrado
    al escribir sobre el caso de Alan Gross, contrasta precisamente con otro
    editorial del mismo diario también de la semana pasada, en que criticaba
    la censura en China a la Internet y las limitaciones de los
    corresponsales extranjeros en el país asiático. Incluso, y con razón,
    reafirma su posición de seguir informando la verdad sobre China, aunque
    el precio que tuviera que pagar por ello es que el gobierno de Pekín no
    le diera visa a sus periodistas. Entonces, ahora, y en las misma
    sección, una muestra vulgar de un doble rasero.
    Porque lo cuestionable no es solo el punto de vista de The New York
    Times, sino principalmente la forma de sustentación.
    El periódico parte del elogio por la contribución de médicos cubanos que
    atienden a pacientes con ébola en África —en realidad la mayoría de
    ellos aún no están laborando con enfermos, pero vamos a considerar
    secundaria esa falta de actualización que no debería ocurrir en una
    publicación de tal categoría— para criticar el supuesto “robo de cerebros”.
    De acuerdo al diario “los médicos que trabajan en África occidental hoy
    podrían fácilmente abandonar sus obligaciones, tomar un taxi a la
    embajada estadounidense más cercana y solicitar estatus migratorio,
    mediante un programa que ha permitido miles de deserciones. De ser
    aprobados, pueden ingresar a Estados Unidos en cuestión de semanas, a
    pocos años de convertirse en ciudadanos estadounidenses”.
    Bueno, esta visión idílica de la fuga no solo resulta absurda por
    tratarse de un país africano, sino porque el diario pasa por alto que en
    cualquier lugar del mundo estos trabajadores de salud son vigilados
    estrechamente, se les retiene el pasaporte y trabajan, se han educado y
    por regla general vivido siempre bajo un ambiente de miedo, sospecha y
    traición que resulta difícil de entender por cualquier norteamericano,
    incluso si es aficionado a las películas de espionaje de la época de la
    guerra fría.
    Aunque más importante aún es señalar lo torcido que resulta partir de la
    actual lucha contra el ébola, o invocar la labor en el terremoto de
    Haití, como punto de referencia para el análisis de las deserciones de
    los médicos. Porque las cifras que más adelante ofrece el periódico no
    guardan relación con esos cientos de profesionales sino con miles que
    trabajaban en Venezuela y ahora en Brasil. No tienen que ver con una
    ayuda humanitaria que por otra parte no es gratuita: la paga la
    Organización Mundial de la Salud (OMS) y cuenta con la participación de
    la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID),
    tan criticada por Cuba, y por el propio Times en otro editorial. Son
    datos que reflejan, en particular, lo que viene ocurriendo en Venezuela,
    donde a un grado de explotación extrema de los médicos se une una
    situación de inseguridad creciente. Pero de esto no habla el periódico.
    The New York Times tampoco hace referencia a dos fuentes en que se
    fundamentó para cifras, ahora actualizadas, y argumentos.
    En 2011 el Wall Street Journal publicó que cerca de mil seiscientos
    profesionales médicos y técnicos de salud cubanos se habían exiliado en
    Estados Unidos a partir de 2006.
    De acuerdo al Journal, 800 profesionales utilizaron a Venezuela como el
    primer país de enlace; luego Colombia con 300. De igual modo, 135
    huyeron por Bolivia, Brasil, República Dominicana, Ecuador, Guatemala,
    Guyana, Namibia y Perú, con destino a EEUU. Para concretar las
    deserciones, un total de 1.574 visas fueron emitidas desde consulados
    estadounidenses en 65 países.
    El Times prescinde de este desglose de cifras porque echaría por tierra
    su argumento: “Es incongruente que Estados Unidos valore las
    contribuciones de los médicos cubanos enviados por el gobierno para
    asistir en crisis mundiales, como aquella del terremoto en Haití en
    2010, mientras procura desestabilizar al estado facilitando las
    deserciones”.
    No se trata de trabajadores humanitarios que abandonan su ejemplar labor
    tentados por “cantos de sirenas del imperialismo” —como aún no se atreve
    a decir el Times, pero está cerca— sino de simples profesionales que
    huyen de la explotación en busca de un mejor destino
    Si para 2011 el gobierno cubano tenía 37.041 médicos y trabajadores de
    la salud en 77 países, según el Journal, eso significaba que alrededor
    del 4,3 por ciento de ese personal médico había desertado.
    Entra entonces la segunda fuente del Times, que además de cifras aporta
    argumentos. En una “reflexión”, Fidel Castro dijo que Estados Unidos
    robó a Cuba el 5,16 por ciento de los profesionales graduados durante la
    revolución.
    “Entre 1959 y 2004 se graduaron en Cuba 805.903 profesionales,
    incluyendo médicos. La injusta política de Estados Unidos contra nuestro
    país nos ha privado del 5,16 por ciento de los profesionales graduados
    por la revolución”, escribió Fidel Castro en una Reflexión del 17 de
    julio de 2007, titulada El robo de cerebros. Esto significa que unos
    156,182 profesionales abandonaron Cuba.
    Podría pensarse que el régimen de La Habana ha establecido mecanismos de
    control más estrictos, que dificultan la salida de los facultativos,
    pero en general el plan de las misiones médicas cubanas adolece de los
    mismos problemas de corrupción que otros modelos cubanos de cooperación
    o búsqueda de divisas.
    Al final todo parece estar más cerca de otra versión de Casablanca:
    sobornos, la libertad puesta a precio, e irregularidades propias de un
    ambiente de guerra fría.
    No se trata, sin embargo, de una disputa que se resuelve moviendo
    tanques y aviones, con declaraciones más o menos amenazadoras o mediante
    pactos estratégicos. Es un drama humano, algo que también omite el Times.
    Queda entonces el elemento que podría darle la justificación mayor al
    diarios estadounidense: los cambios introducidos por el gobierno cubano
    en la política migratoria.
    Sin embargo, aquí también el Times omite de su análisis aspectos
    fundamentales.
    Hay un rasgo que se repite en las medidas formuladas por el gobierno de
    Raúl Castro, y es excluir a los profesionales de los cambios que, según
    La Habana, buscan “actualizar” el modelo cubano.
    Para quienes mandan en la Isla, los graduados universitarios quedan
    fuera de los supuestos beneficios que trae trabajar por cuenta propia o
    emigrar temporalmente fuera del país.
    La primera consecuencia es de índole personal. Quienes se esfuerzan por
    obtener un título se enfrentan a un presente muy limitado y un futuro
    más incierto aún. O se limitan a un trabajo mediocre, donde siempre está
    presente el peligro del despido por los ajustes laborales, dilatados
    pero no extinguidos, o se dedican a empleos más lucrativos aunque
    alejados de su perfil de estudios. La educación, una de las conquistas
    más cacareadas de la revolución, ha pasado de ser un logro a una rémora.
    Mientras la ley de migración modificada amplía plazos, suprime la
    duplicación de permisos (el nuevo “permiso de salida” se concreta en el
    pasaporte actualizado) y permite el regreso de los inmigrantes
    obedientes al régimen, en el caso de los profesionales es incluso más
    represiva que en años anteriores.
    No solo en el caso de los médicos. Por décadas el régimen no ha
    permitido o le ha puesto trabas y demoras a la salida de otros graduados
    universitarios, pero como todo lo que ocurre en Cuba, se han sucedido
    los períodos de un cierre mayor con otros de relajamiento, de acuerdo a
    multitud de factores que iban de la arena internacional al plano
    doméstico. De ahora en adelante no. La modificación de la ley deja
    establecido el parámetro a seguir.
    De acuerdo a uno de los cambios establecidos en la ley, cualquier
    graduado de la enseñanza superior que participe en una investigación que
    se considere “vital” para el desarrollo de la nación queda excluido del
    otorgamiento del pasaporte y con ello de la posibilidad legal de salida.
    Lo que ocurre es que bajo una categoría tan amplia, y teniendo en cuenta
    los temores, la corrupción y la envidia imperante en la Isla, cualquier
    jefe de, por ejemplo, el Ministerio de Cultura en un municipio, puede
    impedir que un licenciado en letras se vaya porque ha participado en un
    censo de los versificadores, y el dato es de “vital importancia”, ya que
    refleja el desarrollo cultural de la zona.
    Como siempre, al formular la ley el Gobierno echó mano al socorrido
    argumento del “robo de cerebros”. Solo que este llamado “robo de
    cerebros” no es más que un argumento tercermundista para ocultar la
    impericia de los gobernantes. En los hospitales de EEUU hay médicos de
    India y Pakistán; en la universidades de este país, por ejemplo, aquí,
    en la Universidad de Miami, se encuentran ingenieros de alto nivel
    procedentes de los países árabes; en Madrid resulta fácil encontrarse
    con un facultativo que sueñe o busque ejercer en Londres.
    Todos estos casos reflejan un fenómeno intensificado con la
    globalización: las personas buscan vivir en donde se sienten mejor, se
    les reconoce más por su labor y son mejor recompensadas. Nada más
    natural, y no por ello los gobiernos tienen que establecer barreras que
    impidan la partida sino contribuir a crear mejores condiciones de vida
    en los lugares de origen.
    En el caso de los profesionales cubanos, el gobierno da cada día nuevas
    muestras de que le interesan poco en la mayoría de los casos, cuando no
    puede explotarlos como fuerza de trabajo que alquila o exporta de
    acuerdo a conveniencias políticas. Lo demás es mantener en aumento un
    ejército de braceros encargados del suministro de remesas.
    En estos momentos el gobierno de La Habana mantiene una flexibilidad no
    vista con anterioridad sobre la posibilidad de abandonar la Isla, pero
    se trata de un fenómeno circunstancial —no importa que llegue a
    extenderse por décadas— y no un cambio de principios. Siempre tiene a su
    disposición el invocar que un profesional realiza una labor “vital” para
    el país o catalogar el caso como “robo de cerebros”. Siempre puede
    convertir en una pesadilla algo tan rutinario y burocrático como la
    emisión de un pasaporte.
    Es posible que ese ingeniero que sale de Cuba termine colocando antenas
    de televisión en Miami, o que ese médico que abandona una misión
    internacionalista nunca vuelva a ejercer, y sea simplemente un enfermero
    en esta ciudad. Pero es un destino propio, elegido sin que el Estado lo
    mueva como un peón de un barrio marginal de Caracas a un campamento en
    Haití, con independencia del beneficio que estos cuidados sanitarios
    puedan brindar a muchos. Tanto la supuesta bondad del régimen, como el
    beneficio económico que obtiene brindando servicios médicos en el
    exterior, se deben a la burda explotación de sus graduados
    universitarios, que en última instancia poco tienen que agradecer al
    Gobierno.
    Resulta vergonzoso que el Times se coloque al lado del poder y niegue
    los derechos del individuos. Se supone que, más que la labor, el deber
    de los periódicos es todo lo contrario.

    Source: “The New York Times” y los médicos cubanos – Artículos – Opinión
    – Cuba Encuentro –
    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/the-new-york-times-y-los-medicos-cubanos-320932