Alan Gross: Castro's prisoner
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    El último ‘percance’

    El último ‘percance’
    JUAN ANTONIO BLANCO | Miami | 27 Nov 2014 – 9:11 am.

    Hay quienes prefieren describir el plantón dispensado por Raúl Castro al
    ministro de Relaciones Exteriores de España como ‘percance’.

    El lenguaje ofrece fórmulas curiosas que diluyen el significado real de
    un problema. Al genocidio cometido por los japoneses en la ciudad de
    Nankín, algunos lo llaman el “incidente” de Nankín. El conflicto entre
    Cuba y EEUU es suavemente denominado por otros como “diferendo
    bilateral”. Ahora hay quienes prefieren describir el plantón dispensado
    por Raúl Castro esta semana al ministro de Relaciones Exteriores de
    España como “percance”.

    Persuadido de que el General Presidente de La Habana es alguien
    pragmático, el gobierno del Partido Popular —antes látigo del PSOE por
    su acercamiento a Cuba— decidió asumir una política de continuidad en su
    relación con la Isla. Madrid, antes con el PSOE y ahora con el PP, ha
    sido un factor influyente para que la Unión Europea (UE) flexibilice su
    posición y abriese el diálogo actualmente en marcha entre ese bloque de
    países y el Gobierno de La Habana. Y no hay nada que sea más tentador en
    el mundo diplomático que la ilusión de pasar a la historia por haber
    gestionado la superación de un conflicto de larga data. Bastaba para
    ello un guiño sugerente, y las nuevas campañas de marketing político de
    La Habana los dispensan generosamente.

    El problema que quizás han confrontado de manera recurrente varios
    presidentes de EEUU y España pudiera deberse a su excesiva fe en que
    existe una sola manera de definir el pensamiento racional y pragmático.
    Sin embargo, Fidel Castro les habría ofrecido ya suficientes ejemplos
    extremos de que ese no es el caso. Uno fue cuando en 1962 —temiendo que
    la URSS retirara sus cohetes nucleares y EEUU aprovechase la coyuntura
    para invadir la Isla— invitó a Nikita Jruschov a iniciar una guerra
    atómica. Otro cuando en 1996 después de caer la Unión Soviética —y en
    medio de la mayor crisis económica y social que haya sufrido el pueblo
    cubano— se permitió sabotear los pasos que venía dando el presidente
    Clinton para impulsar la normalización de las relaciones después de su
    reelección a fines de ese año.

    Pero ahora, según cierta lógica optimista, está Raúl Castro al frente
    del Estado y él es “diferente”. Vale. Ciertamente lo es. Pero no
    necesariamente en su disposición a cambiar la prioridad máxima de esa
    elite gobernante: mantenerse en el poder. Y eso cohíbe al General de dar
    cualquier paso “imprudente” que pueda facilitar que el control sobre la
    sociedad cubana escape de sus manos. En política exterior su visión de
    Occidente sigue siendo la de Stalin: son gente a quienes se puede
    eventualmente manipular y en las que nunca se puede confiar.

    Un escrutinio más cercano de la actitud de La Habana permite corroborar
    el nivel estratégico que otorgan al desarrollo de sus relaciones con
    países como Rusia, Venezuela, Corea del Norte y China —cuyas
    delegaciones reciben tratamiento protocolar de primer nivel— en
    comparación con el trato dispensado hasta ahora a los representantes de
    la UE. Por esa impresentable coalición están dispuestos incluso a correr
    riesgos de seguridad nacional, ofreciéndoles establecer con ellos
    alianzas militares y de inteligencia, mientras que no dan un solo paso
    para ratificar los Pactos Internacionales de Naciones Unidas que ya han
    firmado y que, amigablemente, le sugieren suscribir los miembros de la UE.

    Tampoco tiene La Habana interés en reincorporarse a la OEA o a cualquier
    institución de comercio multilateral que suponga someterse realmente a
    alguna cláusula de monitoreo de la situación de derechos humanos en la
    Isla. Ni tampoco está claro siquiera que realmente estén interesados
    esta vez en mejorar sus relaciones con Washington, cuando todavía
    mantienen al contratista estadounidense Alan Gross en prisión. La Habana
    lleva décadas proclamando adherirse a una política exterior de paz y
    distensión con su vecino del norte mientras implementa otra paralela de
    confrontación permanente que obstaculiza —a veces en el último minuto—
    cualquier entendimiento estable.

    No hay que echarle la culpa por el plantón del General Presidente al
    tono, ya de por sí moderado y cuidadoso, de la presentación que hiciera
    el ministro Margallo sobre la transición española a los estudiantes de
    la carrera diplomática. Esa versión, si los funcionarios cubanos la han
    echado a correr, es un melodrama ridículo. Aquí no hay “percance” ni
    genuino disgusto por una disertación histórica, sino un nuevo ejemplo
    del calculado menosprecio por las ofertas occidentales para facilitar
    nuevos anclajes a la desvencijada economía cubana, a cambio de que el
    régimen inicie un proceso significativo e irreversible de reformas
    económicas y políticas. Ni siquiera muestran intención de avanzar hacia
    el modelo chino o vietnamita, como apenas se aspira en algunas capitales
    occidentales. Ese camino, sospechan, los conduciría a perder el control
    de la situación interna.

    La depauperación progresiva de la sociedad cubana no es tema de
    preocupación mientras logren inculcar a todos —dentro y fuera— la
    percepción de que su poder no tiene alternativas. Son “los otros”
    quienes deben abandonar unilateralmente su política. Según la óptica de
    la elite de poder en la Isla el mundo debe adaptarse a ellos y no a la
    inversa. La racionalidad en La Habana se define por parámetros
    diferentes a los de Bruselas, Madrid o Washington.

    Source: El último ‘percance’ | Diario de Cuba –