Alan Gross: Castro's prisoner
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    Mi posición sobre el editorial del NY Times sobre el embargo

    Mi posición sobre el editorial del NY Times sobre el embargo
    [14-10-2014 10:19:40]
    Elías Amor
    Economista

    (www.miscelaneasdecuba.net).- El editorial del NY Times a favor de que
    EEUU ponga fin, unilteralmente, al embargo al régimen castrista nos
    lleva una vez más al origen de esa política y las consecuencias de la misma.

    Tal vez convenga recordar que el embargo arranca de las confiscaciones
    masivas a propiedades y empresas de ciudadanos de Estados Unidos entre
    1959 y 1960 por el régimen castrista. El mismo que sigue dirigiendo los
    intereses de la Isla, y que nunca pagó las correspondientes
    indemnizaciones, pese a las reclamaciones producidas desde el primer
    momento. La propiedad privada es inviolable. Y hace muy bien Estados
    Unidos de mantener activa la defensa de los derechos de sus ciudadanos
    hasta que no se produzca la debida compensación que, aun cuando llegue
    tarde para muchos, no se debe aceptar otra opción. No es cierto que el
    origen del embargo sea el intento de expulsar a Fidel Castro del poder.

    Tampoco se puede considerar que sea un fracaso. Como ha llovido mucho
    desde entonces, el régimen castrista ha transformado ese diferendo entre
    los dos países en una campaña mediática de suculentos beneficios
    propagandistas que, sin embargo, Estados Unidos ha resistido de manera
    ejemplar. Ojalá otros países del mundo se emplearan con la misma energía
    en la defensa de los derechos de propiedad de sus ciudadanos. Y ahora,
    aparece el editorial del NY Times cargado de una serie de inexactitudes,
    al menos en el trasfondo económico de la cuestión.

    ¿Realmente puede suponer un triunfo para Obama suprimir el embargo?
    ¿Recompensará la opinión pública al presidente, por ejemplo, en las
    midterm que están a la vuelta de la esquina, por ese cambio en la
    política hacia el régimen castrista? ¿Ayuda realmente Obama al pueblo
    cubano al poner fin al embargo?

    El artículo constata que las reformas introducidas por Raúl Castro no
    obedecen a un compromiso claro del régimen con la mejora de las
    condiciones de vida de la población cubana, sino a la necesidad
    interesada de sobrevivir a un colapso financiero en caso de interrupción
    de la financiación procedente de Venezuela.

    Es decir, Raúl Castro hace reformas a desgana, impulsa actuaciones
    puntuales que, en modo alguno, van en la dirección de proporcionar a la
    economía cubana un necesario acercamiento al resto del mundo. Permitir a
    los ciudadanos que se empleen en el sector privado o que vendan
    propiedades como casas y automóviles, no deja de ser una mano de pintura
    muy superficial a un edificio que se está cayendo por la base.

    Además, estas actuaciones, que no se pueden considerar reformas, se
    llevan a cabo desde la cúpula del régimen, bajo directo control del
    estado, ejército y partido, sin negociación o diálogo social alguno, ni
    mucho menos, incorporando las posiciones distintas que existen sobre la
    misma, como por ejemplo, las que defienden Estado de Sats o FLAMUR,
    entre otros grupos disidentes en la Isla. No es cierto, como dice el
    editorial, que existan “líderes en la isla que han tomado pasos
    importantes para liberalizar y diversificar una economía que
    históricamente ha tenido controles rígidos”.

    Por lo que respecta a las inversiones extranjeras, los movimientos
    producidos en la Asamblea Nacional no pasan de ser una maniobra al
    margen de la constitución de 1992, que puede crear no pocos problemas a
    los inversores. Mientras que la propiedad siga estando al servicio del
    estado, y no se reformen las bases del sistema estalinista, arriegar
    capitales en Cuba es un mal negocio que solo puede dar sufrimiento.

    No es cierto que exista ansia entre los inversores internacionales por
    realizar sus operaciones en Cuba, mientras no se aseguren los problemas
    de seguridad jurídica, transparencia y atractivo de los sectores en que
    invertir. Cuestiones que, aparentemente no preocupan a los responsables
    de la inversión extranjera, cuyo único objetivo es conseguir que las
    empresas que se instalen en la Isla acaben contratando a los
    recomendados por el partido único. Buen ejemplo.

    Cualquier actuación al margen de la economía no escapa de esta visión
    sesgada a favor de ganar tiempo. Así, por ejemplo, la flexibilidad de
    las restricciones de viaje para los cubanos se ha gestionado con el fin
    último de aumentar los ingresos por remesas que, actualmente, se han
    convertido en uno de los puntales de una economía que ve como sus
    registros van siendo cada vez menores.

    Tampoco es cierto que en la mente de las autoridades del régimen haya
    preocupación alguna por un post embargo. Desde hace muchos años, el
    único embargo que atenaza a los cubanos se encuentra en su modelo
    económico: ausencia de propiedad privada y de mercado como instrumento
    de asignación. Si realmente los cambios se gestionan de forma lenta,
    aceptando los reveses, es porque en vez de liberalizar la economía y
    mejorar su eficacia, lo que se pretende es mantener todo el proceso bajo
    control político del aparato militar y de seguridad del estado.

    También es falso que la generación de cubanos que defienden el embargo
    está desapareciendo. Yo me considero miembro de la tercera generación
    del exilio, y considero un deber moral mantener y defender un punto de
    vista que entiendo no debe cambiar, mientras el régimen que dirige la
    Isla desde 1959 no adopte las medidas oportunas para solventar un
    conflicto que, insisto, fue únicamente creado por su ambicioso plan
    revolucionario de trastocar las históricas relaciones de amistad y
    economía entre Cuba y Estados Unidos, entre Cuba y el resto del mundo.
    Por supuesto que me gustaría que volvieran a existir relaciones
    diplomáticas, pero nunca a cualquier precio. En ello, honrar la memoria
    de quiénes nos precedieron es fundamental.

    Cuba y Estados Unidos pueden recorrer un gran camino, juntos. En un
    futuro democrático y libre lo harán. Ya lo demostraron en los primeros
    50 años de existencia de la República y los dos obtuvieron grandes
    ventajas de esa colaboración. No deja de ser curioso que la unificación
    de las familias cubanas en nuestro tiempo, la tan deseada reconciliación
    nacional tras la ruptura de lazos provocada por el régimen de los
    Castro, se esté produciendo realmente en Miami. Allí, cubanos de todas
    las ideologías se pueden expresar con absoluta libertad y defender sus
    posiciones. En Cuba, eso sigue siendo imposible.

    Incluso en las condiciones actuales, Estados Unidos ha beneficiado
    directamente a un régimen que no pierde ocasión para denunciar al
    “imperio satánico que lo esclaviza”, según palabras de algún
    representante exterior de Cuba. Estados Unidos facilita granos y carne a
    la Isla para paliar la periódica escasez de la improductiva agricultura
    de base estalinista que impera en la Isla; ha facilitado el envío de
    remesas y autorizado a cubanos radicados en Estados Unidos a viajar a la
    isla. También ha estimulado el desarrollo de la telefonía celular y del
    internet en la isla.

    La última conclusión que se puede obtener es que cambiar la política
    hacia el régimen castrista no supone beneficios para el pueblo cubano, y
    sí un espaldarazo al sistema de poder. Es lo que checos, húngaros,
    polacos y otros países ex comunistas de la Unión Europea no pueden
    comprender, cuando valoran el clima de entendimiento planteado desde
    Bruselas con las autoridades de La Habana. La conclusión es evidente: la
    política europea no ha conseguido mejorar las condiciones de vida de los
    cubanos. Todo lo contrario. Ha permitido al régimen castrista disponer
    de una base de legitimación internacional desde la que continúa lanzando
    mensajes que alientan el enfrentamiento y el odio. Nada positivo.

    El ejemplo de que en La Habana tampoco están por facilitar el cambio de
    política se encuentra en la detención de Alan Gross, que se pretende
    identificar con la “Red avispa” que fue detenida, juzgada y condenada
    por tribunales democráticos e independientes del poder político por
    organizar actividades delictivas contra sus coterráneos residentes en
    Florida. Si de gestos de buena voluntad se trata, y teniendo en cuenta
    que la libertad de los cubanos y el respeto a sus derechos humanos es
    inamovible, existe un espacio para iniciar un deshielo, que ronda lo
    humanitario. Ni la regulación de flujos migratorios, ni las operaciones
    marítimas o las iniciativas de seguridad de infraestructura petrolera en
    el Caribe van a entrar a formar parte de una agenda política que
    requiere un complejo desarrollo legislativo y que nunca ha sido una
    prioridad de la Administración.

    Por último, si realmente el NY Times cree que la mejora de las
    relaciones de Estados Unidos con otros países de América Latina debe
    pasar por impulsar un nuevo escenario con el régimen castrista, entonces
    apaga y vámonos.

    Source: Mi posición sobre el editorial del NY Times sobre el embargo –
    Misceláneas de Cuba –
    http://www.miscelaneasdecuba.net/web/Article/Index/543cdc9c3a682e19d86fe33f#.VDz-p_mSxHE