Alan Gross: Castro's prisoner
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    Alan Gross, los cubanos y el problema del tiempo

    Alan Gross, los cubanos y el problema del tiempo
    ALEXIS JARDINES | San Juan | 21 Ago 2014 – 9:31 am.

    El único camino capaz de unirnos a todos, sin que importen las
    diferencias políticas, es trabajar por un plebiscito.

    Pueblo es un concepto moderno ligado a un entorno semántico
    nacionalista. Sin embargo, en las democracias tiene un sentido diferente
    al que conserva en el universo totalitario, donde parece haberse cortado
    el vínculo con la tradición. En idioma inglés significa más bien
    “gente”, pero el Volk de los nazis es ya otra cosa: algo que forma parte
    inalienable del espíritu mesiánico nacionalista.

    Ningún sistema totalitario —particularmente su líder— es concebible sin
    el Pueblo, abstracción que diluye la individualidad en una amalgama
    ciega y amorfa que garantiza la degradación del ciudadano a la categoría
    de masa. Cuando se logra llevar a la conciencia ciudadana la
    determinación de Pueblo, la libertad, se puede estar seguro, ya ha sido
    secuestrada. Como dije en una ocasión —parafraseando a Mario Vargas
    Llosa— la libertad, o es individual o no es ninguna. Siguiendo este
    criterio me resisto a usar el término pueblo en mis escritos e
    intervenciones, tal y como lo he hecho en el título del presente texto.

    Mi propósito aquí, en cambio, es bien otro y lo declaro inmediatamente
    mediante una pregunta: ¿por qué se obvia continuamente a los ciudadanos
    cubanos, los únicos que tienen el derecho a decidir qué y cómo hacer con
    su país? El Máximo Líder del Politburó en Cuba pide la flexibilización
    del embargo; Obama se siente tentado y se lo piensa; la Clinton aboga
    públicamente por levantarlo; políticos y empresarios fuera de la Isla se
    dividen al respecto. Pero nadie consulta a los individuos que caminan
    por los campos y ciudades cubanas y que soportan día a día no el peso
    del embargo, sino de la incompetencia política en la toma de decisiones
    que vuelan por sobre sus cabezas de una oficina oval a otra.

    El caso de Alan Gross en muy ilustrativo al respecto. ¿Por qué está
    preso? Porque el Gobierno cubano es violador de los derechos humanos y
    punto. Es desde esta perspectiva que se debe abordar el asunto y no a
    través de coqueteos diplomáticos que pongan en peligro el futuro de una
    Cuba democrática y postcastrista. ¿Con qué propósito fue arrestado
    Gross? Con el de doblegar a Obama y conseguir un canje por los espías de
    la red Avispa.

    Sin embargo, en el supuesto caso de que Gross fuera un espía, como lo
    presenta el Gobierno cubano, ya debía haber sido devuelto desde el
    momento en que fue liberado el primero de los agentes castristas. Pero
    el casi-mariscal Raúl Castro quiere más y sabe que Obama pudiera cometer
    la insensatez de entregarle al resto de los espías de la red e, incluso,
    flexibilizar el embargo con tal de recuperar al contratista.

    Y es aquí donde interviene el factor tiempo: los Castro están obligados
    a apostarlo todo a Obama porque de no ganar la Clinton, en las próximas
    elecciones, sobrevendría el fin de la dictadura. El presidente
    norteamericano, a su vez, está presionado por el hecho que Gross
    languidece día tras día en las cárceles castristas. Ahora la pregunta
    es: ¿tiene Obama otras vías para recuperar a Alan Gross que no impliquen
    ceder al chantaje de los Castro?

    Las tiene y muchas. Pero la que prefiere Hillary —y el presidente
    estadounidense parece compartir— es la que pone en un plato de la
    balanza a Alan Gross y en el otro plato a 11 millones de cubanos. Esos
    cubanos también padecen dentro y fuera de las cárceles, soportan
    diariamente los devastadores estragos de una miseria artificialmente
    provocada por el Gobierno y que nada tiene que ver con el embargo. ¿Por
    qué entonces mezclar a Gross con el tema del embargo?

    Condicionar la liberación de Gross a la flexibilización del embargo no
    es solo un error político, sino una humillación que alimentará el mito
    nacionalista revolucionario por 50 años más: un segundo Girón/Bahía de
    Cochinos. Nadie debe llamarse a engaño, tras la flexibilización del
    embargo la clase revolucionaria en el poder seguirá luchando contra el
    “imperialismo yanqui” con todos los medios a su alcance y,
    consecuentemente, eso que ellos llaman “pueblo cubano” continuará
    viviendo un calvario, porque su saqueo espiritual y material es una
    pieza clave de la batalla contra el Imperio.

    Allí donde haya un enemigo (y se sabe que de no existir los sistemas
    totalitarios lo inventan) el “pueblo” será sacrificado para mantener el
    mito revolucionario que, como todos sabemos, se traduce en indigencia
    ciudadana y vida multimillonaria para la élite unipartidista.

    ¿Por qué no escuchar a los verdaderos actores de este drama? ¿Es que
    alguien, dentro del reciente debate en torno al acercamiento al régimen,
    se ha preguntado por la opinión de la gente en Cuba? ¿Por qué no reunir
    fuerzas y recursos para ayudar a los cubanos a decidir su futuro
    democráticamente mediante un plebiscito, tal como sostiene Rosa María
    Payá con su tan simple como inocua —pero, al mismo tiempo, genial—
    pregunta: ¿desea usted elecciones libres y plurales??

    Curiosamente, siempre me opuse a adelantar elecciones libres debido a la
    absoluta ventaja que tiene el Partido Comunista ante una sociedad civil
    precariamente opositora. Me parecía que ello conduciría a una
    legitimación democrática (por las urnas) del PCC y su ideología, toda
    vez que estos saldrían vencedores por amplio margen, al carecer sus
    adversarios de una base cívica, de libertades, recursos y tecnología,
    entre otras tantas cosas.

    Por otra parte, en las condiciones actuales del proyecto castrista en
    fase terminal (por la biología, la economía, la falta de apoyo popular,
    credibilidad internacional y un largo etcétera) un prematuro
    levantamiento/flexibilización del embargo podría dar al traste con la
    esperanza de 11 millones de cubanos. No solo y no tanto por lo que
    representaría en el plano económico para la elite partidista, sino
    porque entrañaría de facto el reconocimiento y colaboración a todos los
    niveles del resto del planeta con un régimen que jamás permitirá gente
    emprendedora —mucho menos, rica— dentro de su Pueblo, porque tal
    condición está reservada solo para los altos cargos del partido único.
    Así es que ante la alternativa de elecciones libres o flexibilización
    del embargo yo prefiero la tercera vía: el plebiscito. Este es el que
    debe definir cuál de las opciones anteriores habrá de tener lugar
    posteriormente.

    No podemos dilatar la verdadera actividad opositora, que es de
    naturaleza política, cediendo una y otra vez a las golosinas del
    Gobierno cubano. El voto negativo de Mariela Castro a la nueva Ley del
    Trabajo en la Asamblea Nacional, por ejemplo, ha sido recibido por
    muchos como un gran logro y los corifeos del Gobierno, destacados fuera
    de Cuba, lo edulcoran y amplifican tratando de entrever la posibilidad
    de una apertura política futura. Pero el hecho es que Mariela no
    disiente y mucho menos diside. Solo se hace eco del pensamiento del
    padre (quien lo colegia a su vez de modo estratégico con su propio
    hermano, como cabe suponer).

    Hace apenas cuatro meses, en la clausura del congreso de la UNEAC, Raúl
    Castro trazó la línea a seguir: “Soy enemigo absoluto de la unanimidad”.
    Así, pues, la continuidad del pensamiento del líder del partido único,
    canalizada a través de la hija (no por gusto la encaramó de golpe en la
    Asamblea Nacional) se hace pasar por una gran novedad democrática y
    aperturista. ¿Será esto lo que se tiene en cuenta cuando se habla de
    oposición leal? Yo me pregunto: ¿no es esto una extensión natural de la
    lógica totalitaria fidelista expresada en el supremo principio “dentro
    de la Revolución, todo; contra la Revolución, ningún derecho”?

    En suma, los cubanos dentro y fuera de la Isla tampoco tienen tiempo.
    Todo cuanto vaya a suceder en Cuba en el orden político sucederá en los
    próximos tres años. Entretanto, los dos grandes rehenes del régimen de
    La Habana —Alan Gross y el pueblo cubano— seguirán a merced de un
    milagro. Sigo pensando que es la voz de la gente (que no del Pueblo) la
    única que tiene legitimidad en medio de este trasiego de conveniencias
    intergubernamentales y de escarceos entre empresarios. Derogar el
    embargo solo puede hacerlo el Congreso estadounidense. Permitir las
    elecciones libres en Cuba solo lo puede hacer el Gobierno de la Isla.
    Sin embargo, al alcance de cada cubano está el decir sí o no. El
    plebiscito es algo que solo es posible si participan todos los cubanos.

    Insisto: es la voz de la gente la que debe ser escuchada dentro y fuera
    de la Asamblea Nacional, para que el mundo conozca el verdadero motivo,
    aquello que se pretende ocultar con tanta represión interna y tanto
    cabildeo en el exterior, a saber: que la aplastante mayoría de los
    cubanos no apoya el proyecto revolucionario ni acepta el monopolio del
    partido único y de su ideología comunista.

    ¿Desea usted elecciones libres y plurales? Esa es la pregunta de orden y
    deben responderla todos los cubanos. El único camino capaz de unirnos a
    todos, no importa cuál fuere la preferencia política y/o la tendencia
    ideológica que nos anime —incluso, si no la hubiere— y que, además, le
    confiere sentido y quehacer real a la actividad opositora es, pues,
    trabajar por un plebiscito.

    A los escépticos —a aquellos que desde las gradas intentan convencer a
    los demás que en Cuba no se puede hacer nada— solo les digo que deberían
    quitarse del camino de los que ya lo están haciendo.

    Source: Alan Gross, los cubanos y el problema del tiempo | Diario de
    Cuba – http://www.diariodecuba.com/cuba/1408569113_10059.html