Alan Gross: Castro's prisoner
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    Un quinteto de cuatro?

    ¿Un quinteto de cuatro?
    Jueves, Abril 19, 2012 | Por René Gómez Manzano

    LA HABANA, Cuba, abril, www.cubanet.org -El miércoles 18 de abril, el
    diario Granma publicó una declaración de René González Sehwerert, quien
    es, de los cinco agentes cubanos juzgados por espionaje hace más de un
    decenio en los Estados Unidos, el único que no se encuentra en prisión,
    pues disfruta de libertad condicional desde hace varios meses.

    El sancionado pudo realizar una insólita visita de dos semanas a Cuba
    que autorizó la Jueza que supervisa la ejecución de su sentencia. Esa
    gracia fue solicitada (y la funcionaria la concedió) por razones
    humanitarias, para que el favorecido pudiese visitar en La Habana a un
    hermano que, según se afirma, padece un cáncer terminal. En marcado
    contraste, similar solicitud presentada para que el norteamericano Alan
    Gross, preso en Cuba, pudiera visitar a su mamá aquejada de igual
    enfermedad, permaneció sin respuesta.

    La estancia de mi tocayo en Cuba recibió una cobertura mediática casi
    nula. De hecho, mereció sólo dos escuetas notas de prensa que, como
    resulta usual en la Isla, fueron publicadas en el mismo diario
    oficialista y leídas después por radio y televisión. En ellas se
    notificaba la llegada y la posterior partida de René.

    En su declaración publicada en Granma, que lleva fecha del 14 de abril,
    González Sehwerert habla de su "regreso al mundo del absurdo", invoca
    "nuestra palabra" y "el espacio moral que durante estos años hemos
    conquistado", alude a "la condición de mi visita" y "la discreción que
    requería", así como a la necesidad de mantener en Cuba una "conducta de
    extrema moderación", para concluir afirmando: "Era impensable que no
    regresara".

    Tengo mis propias ideas sobre ese retorno que muchos no esperaban: El
    régimen castrista ha invertido un cuantioso capital en el caso de sus
    cinco agentes. La campaña mediática ha sido colosal, aunque —dato
    curioso— ella no incluyó las abundantes pruebas practicadas durante
    semanas en la sala de justicia de la ciudad de Miami. La prensa
    oficialista cubana guardó absoluto silencio mientras duró esa fase vital
    del juicio, y sólo inició la arremetida propagandística cuando los
    acusados leyeron ante la corte sus declaraciones escritas, redactadas
    con sumo cuidado.

    Con posterioridad, la campaña, obviando la presencia de los espías en
    instalaciones militares estadounidenses y su participación en el derribo
    de avionetas desarmadas en aguas internacionales, se centró en una
    afirmación repetida una y otra vez: que el único propósito del quinteto
    era conocer de las actividades terroristas planificadas por exiliados
    cubanos.

    Según los designios de los castristas, la coordinada campaña debe
    ofrecer dividendos tanto internos como externos. Dentro de la Isla, la
    aspiración es que sirva para motivar al menos a una parte del pueblo,
    después que acabó la saga del niño Elián y que el caso de Luis Posada
    Carriles demostró carecer de todo interés para el cubano de a pie.

    En lo externo, numerosos aliados y un número apreciable de compañeros de
    viaje y tontos útiles han dado por buena la versión del gobierno de La
    Habana, lo cual ha estado respaldado por las sumas millonarias que las
    autoridades castristas extraen de los escuálidos recursos del país para
    financiar esa embestida propagandística.

    ¿Se hará alguna vez el cómputo de los millones de dólares que cuestan
    los repetidos viajes, los congresos internacionales, los cócteles y
    "cenas de trabajo", los obsequios para ganar la buena voluntad de
    políticos extranjeros influyentes, las becas concedidas en Cuba a
    familiares de los activistas más destacados, los anuncios pagados
    publicados en importantes —y caros— periódicos, las vallas anunciadoras
    ubicadas en zonas céntricas de grandes ciudades?

    Parece evidente que si René González Sehwerert hubiese permanecido en
    Cuba, la inversión habría resultado en buena medida baldía, y la leyenda
    habría sufrido una seria erosión. La estrella a la que se superponen los
    retratos de los espías pasaría de cinco puntas a sólo cuatro. Dejaría de
    ser —pues— la de nuestra bandera; a lo sumo, sería una versión del
    emblema de la OTAN, opción a todas luces inaceptable para el régimen.

    El cálculo político aconsejaba —pues— que mi tocayo retornase a los
    Estados Unidos a cumplir de modo discreto los años que le quedan en
    libertad condicional. Y a ese país regresó González Sehwerert. La
    campaña por Los Cinco seguirá —pues— adelante.

    http://www.cubanet.org/articulos/%c2%bfun-quinteto-de-cuatro/