Alan Gross: Castro's prisoner
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    Un apoyo merecido

    Un apoyo merecido
    Viernes, Noviembre 25, 2011 | Por René Gómez Manzano

    LA HABANA, Cuba, noviembre, www.cubanet.org -Pasan los meses y continúa
    el martirio del activista hebreo norteamericano Alan Gross, preso en
    Cuba desde diciembre de 2009 como supuesto espía, por haber intentado
    distribuir equipos de comunicación entre sus correligionarios de la Isla.

    Hace unas semanas, su esposa Judy pidió solidaridad hacia su marido a la
    Asamblea General de las Federaciones Judías de Norteamérica. "En
    vísperas del segundo aniversario de su arresto y encarcelamiento,
    queremos que nuestra comunidad, nuestro país y el mundo recuerden que
    Alan Gross necesita ser liberado de Cuba", expresó la señora.

    Salvando las distancias, los avatares de este nuevo rehén del régimen
    castrista recuerdan los de los integrantes del Grupo de los 75,
    encerrados en 2003. La idea era que también aquellos patriotas sirvieran
    para canjearlos por los cinco cubanos encarcelados en Miami.

    Entonces, las ofertas de canje fueron rechazadas con toda razón por las
    autoridades de Washington. El intercambio recíproco de agentes de
    inteligencia capturados se ha hecho una práctica habitual entre
    distintos países, pero las calumnias castristas no pueden convertir a
    opositores pacíficos y patriotas en empleados extranjeros.

    En el caso que ahora nos ocupa, la acusación de un fiscal político, las
    sentencias de tribunales parcializados y la propaganda comunista no
    bastan para transformar a un filántropo judío en espía. A diferencia del
    quinteto miamense, Gross no reclutó a otros agentes, ni sostuvo
    comunicaciones clandestinas con sus jefes de Washington, ni procuró
    enterarse de las interioridades del Alto Mando de las Fuerzas Armadas
    cubanas.

    En esas condiciones, resulta inconcebible el trueque imaginado por las
    autoridades habaneras. También es brutal la sanción que está cumpliendo:
    Si el activista hebreo hubiese introducido explosivos con el propósito
    de realizar atentados y sabotajes y éstos no hubieran llegado a
    perpetrarse, la sanción de quince años que se le fijó podría
    considerarse admisible, aunque severa; pero imponerle esa pena por unos
    teléfonos satelitales pasados por la aduana con el fin de regalarlos es
    una obscenidad.

    Durante más de un año, la familia Gross se abstuvo de contradecir de
    modo directo la versión ofrecida por los castristas. Según informes de
    prensa, el propio acusado y su esposa accedieron a repetir —incluso ante
    el tribunal— la historieta de que él había sido manipulado por sus
    empleadores.

    Sin embargo, esa actitud favorable no arrojó los resultados esperados.
    El contratista norteamericano salió peor librado que el único miembro
    del Grupo de los 75 que se prestó a declararse arrepentido de sus actos.
    Éste fue excarcelado en pocos meses, y se le permitió marcharse del
    país, mientras que Gross continúa en prisión al cabo de casi dos años.

    En vista de esa postura implacable del régimen castrista, resultan
    lógicos el cambio de táctica y la apelación hecha a sus correligionarios
    por la esposa del cautivo. No debe haber sido una decisión fácil para
    ella, pero esa señora no es la primera que tuvo ante sí una opción tan
    difícil.

    Desde su mismo arribo al poder, los Castro han mantenido las cárceles
    más o menos llenas de los que consideran sus enemigos. Ante los abusos
    que sufrían aquellos reos, sus seres queridos, en la época en que nadie
    escuchaba, tuvieron que escoger entre guardar silencio (con la vana
    esperanza de inspirar piedad a sus carceleros) o denunciar en público
    los horribles atropellos.

    Optaron por lo segundo, y no se equivocaron. Sólo de ese modo pudieron
    sensibilizar a la opinión pública y hacer que mejorara algo la situación
    de sus esposos y parientes. También ahora lleva razón la señora Gross.
    Cuando sus compatriotas y los correligionarios de todo el mundo
    conviertan en propia la causa de su marido injustamente preso, la
    familia habrá dado un gran paso hacia el logro de sus justas
    aspiraciones de libertad.

    Me atrevo a afirmar que si el preso y sus seres queridos se mantienen
    firmes en esta nueva posición, los castristas, empezando por los menos
    fanáticos entre ellos, llegarán a la conclusión de que el costo político
    del zarpazo asestado a ese infeliz amerita que se le excarcele.

    Si algo ha caracterizado a los judíos es lo solidarios que son. Esa
    cualidad ha quedado grabada en ellos, a lo largo de su admirable
    historia milenaria, por las innumerables arbitrariedades que han
    sufrido. La que ahora padece el señor Gross bien merece el apoyo no sólo
    de sus hermanos de fe, sino también de sus paisanos y las personas de
    buena voluntad de todo el mundo. Esperemos que no se lo escatimen.

    http://www.cubanet.org/articulos/un-apoyo-merecido/