Alan Gross: Castro's prisoner
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Archives
Recent Comments

    Perretas y portazos

    Cambios, Economía

    Perretas y portazos

    La credibilidad internacional no es un asunto estrechamente económico,
    sino que es, en el sentido laxo del término, eminentemente político

    Haroldo Dilla Alfonso, Santo Domingo | 26/09/2011

    Raúl Castro ha declarado que una de sus mayores prioridades es restaurar
    la credibilidad económica internacional del país.

    Me parece muy razonable.

    Pero si el General/Presidente cree, como sugieren los dislates
    diplomáticos del gobierno que preside, que lo va a hacer simplemente
    pagando deudas, está equivocado. Pues la credibilidad internacional —a
    menos que se tenga mucho petróleo o mil millones de habitantes— no es un
    asunto estrechamente económico, sino que es, en el sentido laxo del
    término, eminentemente político. Se produce cuando hay una aceptación
    política del sujeto —en este caso del país— que de lo contrario estaría
    siempre obligado a moverse en los arrabales del mercado y tratar con sus
    peores exponentes. Y ello exige políticas demostrativas y convincentes
    de que el país se atiene a una serie de reglas claras y predecibles.

    Durante la época soviética esto no era un problema. La relación política
    con Moscú garantizaba la inserción a un mercado poco exigente y
    depreciado tecnológicamente, pero seguro para garantizar la
    sobrevivencia. Desde 1990 esto ha cambiado totalmente y el mundo es
    otro. Pero si exceptuamos las políticas específicas respecto a los
    países del ALBA —con lo cual se garantiza un sustancial subsidio
    imprescindible para la sobrevivencia— no hay nada nuevo en la política
    exterior cubana. Lo cual, digo de paso, pone permanentemente a la
    sociedad al riesgo de otra hecatombe económica como la que vivimos en
    los 90, dulcemente denominada "Período Especial".

    Un ejemplo de esta inercia es la forma como se ha manejado el caso de
    Obama. El Presidente estadounidense es, en lo personal (como lo fue
    Clinton), un enemigo del bloqueo/embargo, pero ningún jefe de Estado
    decide sus políticas por sus convicciones, sino por sus conveniencias.
    En sus primeros dos años Obama fue eliminando todas las restricciones
    colocadas por su predecesor, hasta dejar el asunto a un nivel
    ligeramente más avanzado de como lo dejó Clinton. Una política realista
    y realmente nacionalista (es decir en beneficio de la nación cubana)
    hubiera sido mover fichas para estimular los cambios. Pero nada se hizo.
    A cambio, Obama solo recibió todo tipo de portazos principistas en
    nombre de la "independencia nacional", con el asunto de los cinco
    agentes incluido.

    Con ello, los cubanos perdieron la oportunidad de mejorar —y
    eventualmente normalizar— las relaciones con el país más poderoso de la
    tierra, donde vive un 15 % de los cubanos con mayores riquezas
    (exceptuando quizás a la élite tecnocrática militar enriquecida dentro
    de Cuba), sin cuyo mercado difícilmente pueda despegar la economía
    cubana, y finalmente mucho más cerca de la isla que Dios.

    En un documentado artículo Eugenio Yáñez ha traído a Cubaencuentro el
    caso de Bill Richardson, un miembro del ala liberal del Partido
    Demócrata siempre interesado en conseguir el fin del bloqueo/embargo. Su
    intención de mediar en el controvertido caso de Alan Gross hubiera sido
    una oportunidad. En cambio, fue un problema, y Richardson tuvo que
    abandonar la Isla cargado de vituperios por parte de una locuaz
    funcionaria quien proclamó, con la audacia que genera la mezcla de poder
    e ignorancia, "que Cuba es un país soberano, que no acepta chantajes,
    presiones, ni prepotencias". Y a Richardson lo llamó algo así como
    difamador. Otra perreta y otro portazo.

    Con Europa no nos va mejor. El Gobierno del PSOE ha hecho todo cuanto ha
    sido posible —y quizás más de lo posible— por conseguir la eliminación
    de la simbólica y nada efectiva Posición Común. La aquiescencia ha sido
    tan inconmovible que conspiraron con el Gobierno cubano y la Iglesia
    local para facilitar la liberación y destierro de decenas de prisioneros
    y sus familias, y luego sonrieron tanto que hubo que destituir al
    canciller en funciones.

    A cambio el Gobierno español ha recibido sus buenos portazos. Uno
    sucedió cuando, en una comparecencia ante el parlamento, un ministro,
    tras argumentar cambios positivos en Cuba, dijo que le preocupaban los
    derechos humanos. "Una vez más —informó el invariable Granma— se
    verifica que no hay ostensibles diferencias en los fueros de algunos que
    bajo la piel 'socialista', expresan total connivencia con esa retórica
    anticubana promovida por el aznarista Partido Popular". Luego, quitaron
    las credenciales a Mauricio Vicent, un periodista acreditado por El País
    y que se caracterizaba por un optimismo inextinguible acerca de la
    evolución positiva de la Isla.

    Obviamente, no se trata de simples palos a ciegas. El gobierno intenta
    normalizar sus relaciones con todo el mundo, también aquí, por la vía
    china. La relación con los liberales siempre está salpicada de temas
    escabrosos, como son los derechos humanos y la democracia. Y eso
    incomoda particularmente a una élite política que se cree en propiedad
    absoluta de un tema que en verdad corresponde a toda la sociedad.

    Por eso busca incentivar los lados más prosaicos de la derecha, que
    —dada su orientación invariablemente pro mercado— tiene menos remilgos
    para pasar por alto los temas escabrosos si hay dividendos económicos
    por el medio. No olvidemos que hasta bajo un alucinado como George Bush,
    los negocios con Cuba se incrementaron exponencialmente. Y con Aznar las
    inversiones españolas en la Isla tuvieron momentos de gloria, lo que
    provocó que un cruzado enfermizo del anticastrismo como Valladares le
    enrostrara debilidades socialistas y le prometiera un pase de cuentas
    cuando llegara al poder o algo así. De lo cual imagino que los gerentes
    de la Meliá habrán reído hasta el desmayo en sus edenes tropicales.

    Y para eso el Gobierno cubano cuenta con potenciales incentivos.

    Uno es el petróleo, cuyas perforaciones con la plataforma
    semi-sumergible deben comenzar en diciembre. Y si el petróleo apareciera
    en cantidades suficientes y de alta calidad, creo que el bloqueo/embargo
    se expondría a un agujereo mayor que todo el que pudo hacerle Obama en
    sus años de estresante gestión.

    Otra es el propio mercado que se abre en Cuba para el sector turístico,
    cuyas marinas, campos de golf, puertos para cruceros y hoteles de
    primera se amontonan en la franja costera desde Mariel hasta Varadero.
    Desde donde la élite tecnocrática/militar acaudillada por el clan
    Castro, mira ansiosa al norte y hace una apetitosa invitación al lobby
    hotelero que solo espera el momento en que sea autorizado el turismo
    americano en Cuba.

    No creo que los cálculos del General/Presidente sean acertados, y que
    todo esto confluya en un restablecimiento de la credibilidad
    internacional. Pero sí estoy seguro de que se trata de una situación
    moralmente insostenible. Durante semanas, hemos estado apoyando y
    ensalzando a las bandas criminales de Gadafi. No importa cuan veleidosa
    haya sido la intervención militar de la OTAN, o cuan inseguros los
    rebeldes libios: hemos apoyado públicamente a un régimen cuyo impudor ha
    rebasado los límites del burdel político mundial. Y hemos terminado
    votando en la ONU junto con algunos países con los que no es aconsejable
    ni tomarse un café al mediodía.

    Aunque las políticas externas cubanas se adoptan en nombre de un
    nacionalismo irreductible, solo es un nacionalismo de cierta manera:
    como un nacionalismo gamonal en que la patria y su gente quedan
    finalmente reducidas a un sistema político y a una élite acaudillada por
    un clan familiar. Si, en cambio, por nacionalismo entendemos la
    preservación de la soberanía articulada desde la democracia y por el
    bien general de la comunidad nacional, entonces hay que hacer de nuevo
    muchas cosas.

    La clase política cubana tiene la oportunidad de comenzar a hacerlo,
    pero todos los cubanos, antes que los observadores en Washington o
    Madrid, requerimos señales claras de que se piensa la nación de una
    manera diferente. No como feudo, sino como república "por todos y para
    el bien de todos".

    http://www.cubaencuentro.com/opinion/articulos/perretas-y-portazos-268589