Alan Gross: Castro's prisoner
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    Gross en el desierto de Nuevo México

    Publicado el jueves, 09.15.11

    Gross en el desierto de Nuevo México
    Miguel Cossio

    Tras un largo almuerzo, que tuvo como tema central el mejoramiento de
    las relaciones entre Washington y La Habana, Bill Richardson escuchó el
    recado del anfitrión: no se llevará de Cuba a Alan Gross; tampoco podrá
    verlo durante su estancia aquí; ni tendrá una reunión con mi jefe, el
    general Raúl Castro.

    Vaya postre el que le tenía reservado Bruno Rodríguez Parrilla, el aún
    canciller de los Castro, debió de pensar el ex gobernador y, quizás, el
    político demócrata fuera de la administración Obama con mayor acceso al
    Salón Oval cuando de asuntos cubanos se trata.

    Richardson había llegado a La Habana casi una semana antes con la
    ilusión, tal vez bien fundada, de solucionar el caso del contratista
    estadounidense, condenado a 15 años de cárcel. Pero el colofón de aquel
    almuerzo deshizo de golpe y porrazo todos los buenos oficios y la
    promesa a la señora Judy Gross, de que vería a su marido y comprobaría
    personalmente su verdadero estado de salud. "Me quedé perplejo", declaró
    luego el ex gobernador.

    Definitivamente, Cuba no deseaba una mejoría en las relaciones
    bilaterales. Los funcionarios cubanos asistentes al almuerzo habían
    dejado claro que su gobierno estaba dispuesto a esperar la llegada a la
    Casa Blanca de una nueva administración despues de la presidencia de
    Barack Obama. Según Richardson, fue Jorge Bolaños, el jefe de la Sección
    de Intereses de Cuba en Washington, con décadas dentro del aparato
    cubano y con quien llevaba un año tratando el tema, el que dio la señal
    de luz verde para el viaje tras el fin del proceso judicial contra Alan
    Gross.

    Gilbert Gallegos, asesor de Richardson que lo acompañó a Cuba, dijo que
    durante el período de conversaciones previas tanto Bolaños como su
    superior, el ministro Rodríguez, no habían dejado dudas respecto a un
    posible diálogo sobre la excarcelación de Gross.

    Un político muy cercano al ex gobernador de Nuevo México me contó que,
    tiempo antes del viaje, Richardson recibió una carta de invitación del
    gobierno cubano, la cual trasladó al Departamento de Estado y al Consejo
    de Seguridad Nacional, para su visto bueno.

    Sin embargo, una vez que llegó a Cuba, el régimen decidió dar marcha
    atrás. ¿Qué pudo pasar? La cancillería cubana niega haber extendido la
    invitación y asegura que el caso Gross nunca estuvo sobre la mesa de
    discusión.

    La lógica simple indica otra cosa. En Cuba no hay espacio para la
    política espontánea. Nadie viaja a la isla de los Castro sin una agenda
    pautada, mucho menos un político estadounidense de la talla del ex
    gobernador.

    La pregunta de fondo que deja el viaje de Richardson es quién administra
    de veras y toma las decisiones últimas de la política exterior de Cuba,
    una vez desaparecidos los pesos pesados que controlaban su quehacer
    diario, como Carlos Rafael Rodríguez y Carlos Aldana, y también sin la
    presencia de los welter ligeros, Robertico Robaina y su sucesor Felipito
    Pérez Roque.

    Una hipótesis plausible es que todavía y desde Punto Cero Fidel Castro
    despierta de tanto en tanto de su letargo; y esta vez haya preguntado
    sorprendido y con la ceja levantada, ¿qué fue lo que Bolaños y Brunito
    le prometieron a este señor de Nuevo México?

    http://www.elnuevoherald.com/2011/09/15/1025671/miguel-cossio-gross-en-el-desierto.html