Alan Gross: Castro's prisoner
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    A ocho años de la Primavera Negra

    Publicado el lunes, 03.14.11

    A ocho años de la Primavera Negra
    By ALEJANDRO ARMENGOL

    El 18 de marzo se cumplen ocho años del inicio de la llamada ``Primavera
    Negra'' en Cuba, la ola represiva que llevó al arresto de 75 opositores
    pacíficos y desencadenó el movimiento de las Damas de Blanco; una
    repulsa internacional al castrismo; la intensificación del uso de la
    huelga de hambre como recurso de denuncia en última instancia; el
    acuerdo entre la Iglesia Católica, el Estado cubano y España para la
    liberación y salida del país de los prisioneros y los acontecimientos
    que por meses --y años-- han determinado en buena medida el panorama que
    a diario divulga y analiza la prensa, y buen número de expertos, sobre
    lo que ocurre en la isla. Desde las marchas de las Damas de Blanco y los
    actos de repudio por parte de partidarios del gobierno, hasta los
    vaivenes de los países europeos a la hora de rechazar o mantener la
    Posición Común frente al régimen de La Habana, buena parte de lo que
    ocurre en el terreno de los derechos humanos en la isla está marcado por
    ese antes y después de los arrestos masivos.

    Pese a la evolución del movimiento opositor, de una disidencia hasta
    cierto punto de vista tradicional --y cuyos líderes superaban los 50
    años de edad-- a un grupo menos encerrado en categorías, embriones de
    partidos políticos y organizaciones de nombres presuntuosos, que se
    dedica fundamentalmente a elaborar denuncias, dar a conocer actividades
    más o menos confirmadas y establecer una visión alejada de las
    aspiraciones del exilio histórico de Miami, hasta hace poco el enfoque
    represivo del régimen continuaba caracterizado por el patrón reafirmado
    con violencia en la primavera del 2003. Sin embargo, los cambios que ha
    experimentado ese enfoque han sido más bien de adecuación de un modelo,
    mientras mantiene intacta su esencia, que es castigar con dureza a lo
    que se considere, por parte del gobierno cubano, cualquier acción que
    vaya en detrimento de ``la independencia del Estado cubano'' así como de
    la ``integridad de su territorio''. Las sanciones no pueden ser más
    severas, ya que van desde una privación de libertad de diez a veinte
    años hasta la pena de muerte. Pero donde cualquiera pudiera pensar que
    se trata de actos violentos y sabotajes, el gobierno cubano aplica los
    castigos a personas cuyos actos de rebeldía se limitan a uno o dos
    escritos, y cuyas armas se reducen a un teléfono y si acaso una computadora.

    De las condenas a Raúl Rivero, Oscar Espinosa Chepe y decenas de
    periodistas independientes, al procesamiento del subcontratista
    estadounidense Alan Gross hay un hilo conductor común: encerrar por
    varios años a todo aquel que levante una voz en contra, no importa si lo
    hace en el patio de su vivienda, en un escrito entregado a la prensa
    extranjera o mediante una labor a sueldo de una nación hostil, que busca
    introducir tecnología que escape al control del control informativo del
    gobierno de La Habana, pero que no intenta la obtención de secretos
    militares.

    La ola represiva ordenada por Fidel Castro en el 2003 cumplió varios
    objetivos. En cierta medida fue el triunfo del Proyecto Varela, la
    capacidad demostrada por sus organizadores para recoger miles de firmas
    y el obligar a un cambio de urgencia en la Constitución cubana, el
    detonador que produjo una respuesta tan violenta.

    Recalcar la negativa del régimen a cualquier cambio legal y dentro de
    los marcos constitucionales va más allá de cualquier crimen. Que esa
    actitud se mantenga en la actualidad --incluso en la puesta en marcha de
    cambios acordados por la máxima dirección del país-- evidencia la
    debilidad del sistema. No una debilidad que permita afirmar que el
    régimen se desmorona o se caerá mañana --ilusión tonta del exilio de
    Miami-- sino un convencimiento de la posición inestable en la que se
    sostiene, que puede llevar a una crisis de grandes proporciones de
    ocurrir un estallido espontáneo producido por un reclamo social violento.

    e ahí que la actitud de quienes en el 2002 ``descubrieron'' la esencia
    represiva del régimen castrista --aunque bienvenida entonces-- no dejó
    de ser tan autojustificativa e hipócrita como la de los combatientes de
    café con leche de la Calle Ocho, que piensan derrocar al gobierno cubano
    con la ayuda de un mondadientes del Versailles en las noches de
    insomnio. El rechazo al gobierno imperante en Cuba debe fundamentarse en
    la negativa de éste al menor cambio democrático, sin esperar a que esta
    negativa tenga que apelar a la violencia extrema y sin encerrarse en un
    belicismo que no encuentra mejor bandera que unos cuantos gritos ante el
    cantante de turno procedente de la isla.

    La diferencia fundamental que marcó lo ocurrido al inicio de la
    primavera del 2003 fue que, a diferencia de ocasiones anteriores, la
    violencia no bastó para acallar las voces. No se produjeron confesiones,
    autocríticas y lamentos. Las esposas y madres de los disidentes ocuparon
    en cierta medida los puestos de los detenidos y continuaron las
    denuncias. Los periodistas independientes siguieron publicando
    informaciones.

    Ahora es más necesario que nunca no ``castigar'' al gobierno de Castro
    con un recrudecimiento del embargo o repetir amenazas que no van más
    allá de la Calle Ocho. A ocho años de los arrestos en Cuba, nada mejor
    que ignorar los llamados de demagogos como el legislador David Rivera, y
    apelar a la cordura frente a la ignorancia.

    cuadernodecuba@gmail.com

    http://www.elnuevoherald.com/2011/03/14/v-fullstory/902814/alejandro-armengol-a-ocho-anos.html