Alan Gross: Castro's prisoner
We run various sites in defense of human rights and need support to pay for more powerful servers. Thank you.
Archives
Recent Comments

    Futuras manchas

    Publicado el lunes, 02.28.11

    Futuras manchas
    By ALEJANDRO ARMENGOL

    Más allá del mal uso y la falta de control sobre los millones de dólares
    que desde hace años viene destinando Estados Unidos para hacer avanzar
    la libertad en Cuba, fortalecer la sociedad civil y favorecer el respeto
    de los derechos humanos, hay varios aspectos que llaman la atención, en
    lo que hasta el momento no ha sido más que un gran derroche de fondos.

    En primer lugar hay que señalar el desconocimiento y la prepotencia que
    subyace en ese esfuerzo --aparentemente democrático y siempre generoso--
    que hasta el momento a lo único que ha conducido es a la impresión de
    miles de ejemplares de diversos textos dedicados a señalar la
    importancia de los derechos humanos. Lo que en un primer momento pudo
    haber sido una labor educativa, se ha convertido en el pretexto perfecto
    para justificar costos de imprenta, compras en librerías y elevados
    gastos de distribución. El fundamento que ha determinado tan colosal
    botadera de dinero es, en el mejor de los casos, de un paternalismo
    grosero, por no decir que constituye una muestra de racismo: quienes
    viven en la isla no han exigido mayores libertades porque las
    desconocen, nunca han leído que existen y ante todo hay que civilizar a
    los nativos.

    El camino del aprendizaje --de acuerdo a esta estrategia-- abriría las
    puertas de una mayor conciencia ciudadana, con la consecuencia de un
    aumento en las protestas y una mayor exigencia hacia el respeto de los
    derechos humanos. No solo se desconocen las características esenciales
    de la naturaleza represiva del régimen de La Habana; se sobrevalora la
    función de la propaganda.

    Durante el gobierno de George W. Bush, la ilusión de lograr el avance de
    la democracia en Cuba llegó al despilfarro de crear una oficina con un
    presupuesto de 59 millones de dólares, y un despiste total sobre lo que
    ocurre en Cuba. A su cargo estaba Caleb McCarry, un hombre que
    desempeñaba una labor que por su suavidad debe haberle producido estrés.
    McCarry debe haberse aburrido mucho. Es posible que todavía esté
    aburriéndose.

    La labor de McCarry y su oficina eran ``acelerar el fin de la tiranía''
    de Fidel Castro. Sin embargo, nunca pudo exhibir ni un pequeño logro.
    Pero a nadie pareció preocuparle entonces. Ni al Congreso ni a los
    contribuyentes. Ahora se reclama diariamente un recorte de los gastos
    federales, pero nadie recuerda la contribución de esa oficina al déficit
    nacional.

    El gobierno de Barack Obama ha mostrado un rostro más sensato, en lo que
    podría ser la formulación de una política hacia el régimen cubano, pero
    una renuencia casi absoluta a dar los pasos necesarios para el
    establecimiento de un trato más racional.

    Hasta el momento, la detención del subcontratista Alan Gross se ha
    convertido en la principal barrera para lograr un avance en el diálogo
    entre ambas naciones. En este sentido, el gobierno de La Habana debe
    cerrar el episodio. Un proceso transparente y la repatriación de Gross
    resultan indispensables en este sentido.

    Al mismo tiempo, Washington debe --de forma unilateral y sin exigir nada
    a cambio-- enmendar una serie de errores de los gobiernos
    estadounidenses anteriores, a la hora de tratar con La Habana.

    Hay que avanzar mucho más allá de la derogación de las sanciones a los
    viajes familiares y el envío de remesas, y de una tímida ampliación de
    los contactos personales y el envío de dinero. Ante todo, el gobierno de
    Obama debe poner fin a la política de cambio de régimen, que mezcla el
    unilateralismo en el terreno internacional con la utilización selectiva
    de los opositores residentes en el país, y realiza una evaluación de la
    situación cubana en la cual desprecia el pragmatismo, en favor de un
    juicio ideológico sobre los factores y protagonistas que supuestamente
    tienen la capacidad de influir sobre el proceso, con el fin de imponer
    un modelo de transición.

    De igual forma, eliminar la entrega de fondos con fines de propaganda,
    tanto a las organizaciones fuera de la isla --que dicen apoyar a la
    disidencia-- como a Radio y TV Martí, cuya labor debe limitarse a la
    información verificada y el análisis noticioso de temas diversos, desde
    la política hasta la cultura. Esto implica poner fin al periodismo de
    barricada y el proselitismo político en favor de determinadas figuras,
    desde legisladores hasta supuestos líderes del exilio. Ello, por
    supuesto, implicaría llevar a cabo una revisión de los fines y modelos
    que llevaron a la creación de ambas emisoras.

    e impone el asumir hacia Cuba una política respetuosa, que acepte la
    realidad, pero que al mismo tiempo sea capaz de condenar las violaciones
    de los derechos humanos que ocurren en la isla. En otras palabras, no
    limitar la política internacional hacia un país vecino al campo de los
    derechos humanos y los reclamos del exilio de Miami. Es imperioso que
    Washington y La Habana conversen para crear los mecanismos que
    permitirían una labor conjunta en caso de un derrame petrolero que
    afecte a ambos países. ¿Y esa coordinación necesaria debe estar limitada
    por las declaraciones exaltadas de los congresistas cubanoamericanos,
    los reclamos justos de las Damas de Blanco o la vocinglera radio de Miami?

    La actual administración debe establecer las prioridades más acordes a
    este país, a la hora de establecer su política hacia Cuba. De lo
    contrario, es probable que en el futuro no veamos una nueva marcha del
    exilio en Miami, sino las manchas de crudo en sus costas.

    cuadernodecuba@gmail.com

    http://www.elnuevoherald.com/2011/02/28/v-fullstory/894544/alejandro-armengol-futuras-manchas.html